Y… finalmente os contamos.

Un muchacho mejicano llamado Conrado, al cual no conocemos, escribió diciendo que nos seguía siempre y que andaba preguntándose que había sido de nosotros, donde andábamos y sobre todo, si estábamos bien. Nos deseaba en la despedida salud y claridad en el andar.

Su email fue la fuerza para arrancarme la pereza de las ganas y contar-os un poquito desde dónde lo dejamos en el último escrito que publicamos, hasta este mismo momento.

Gracias Conrado por tu bonito email, es reconfortante saber que hay gente al otro lado de esta pantalla fría y brillante.

Ladakh es como uno de esos sabrosos postres caseros que de tan ricos como son, siempre saben a poco y uno tomaría cada día, es más, en cada comida, un poco más de nuevo para deleitar el paladar.

paisaje

Elegimos Leh como base de operaciones debido a su vida y especial atmósfera: es el punto más bajo de los alrededores a unos 3.500m de altitud. Ladakíes y tibetanos viven aquí desde hace cientos de años (según nos contaba un lugareño) en que un rey tibetano decidió asentarse en estas tierras ya pobladas, pero sin una clara estructura social, y levantó la “ciudad” su pequeño imperio, punto de encuentro de comerciantes que venían de India al Tibet. Las caravanas de yaks que antiguamente levantaban el polvo en este semidesierto de las alturas, hoy son filas de coches y pequeñas furgonetas de turistas que a montones, llegan así como en oleadas, atraídos por diversidad de motivos: trekkings, rutas para bici, visitar el Lago Pangon (hace furor entre los Indúes de clase media alta por haber salido en una película muy comercial de Bolywood), hacer cima en altas cumbres o incluso seguir las huellas del mismísimo Jesucristo que según aseguran, aparecía en los registros de un antiquísimo monasterio de todos los que pueblan la zona.

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La presencia de los Cachemires da un toque de exotismo al centro con sus mezquitas y su llamada al rezo, los deliosos panes recién horneados y en las callejuelas estrechas del bazar, las tiendas de requesón y yoghourt siempre frescos y deliciosos. Sin duda un lugar especial y cómodo en el que puedes descansar por muy poco en un hotel y comer variedad de sabores por menos aún, incluso, y debido a la presencia del turismo, puedes tomarte un café expreso o una tarta de manzana en una de tantas cafeterias que con sus bollos y pasteles, son los lugares más visitados por los occidentales.

Hay tanto que hacer en estos valles y planicies que no paramos de inventar escapadas: a un lago, a un valle, a un monasterio antiguo, al lago de mas allá aún, a hacer esta ruta que otro ciclista nos aconsejaba, y así nos tiramos en la zona casi tres meses, y es que…. gente…. esta zona del mundo ¡¡es un verdadero paraíso!!.

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Seguidamente, un poquito de alguna de esas escapadas avanzando, explorando estas tierras altas, este Tibet-Indú y algunos de sus rincones:

La mayor parte del aventurarse aqui, pasa por cruzar un puerto de montaña y eso, señor@s, en este lugar significa los 30 y tantos kms de ascensión y pasar o rondar los 5000 metros de altura. El redoble de campanas sonó al subir el “Khandur – La” el cual, los indúes venden como: “el puerto más alto del mundo (que se puede pasar a motor)”. Dicen que alcanza los 5.600m de altura pero cualquiera que tenga un altímetro puede comprobar que la medición no es real y por lo que se comenta, el más alto está en Bolivia pero, los indúes han trucado los números y con ello atraen a multitud de turistas que vienen a subir en coche, moto, y hacerse la foto en la cumbre. Lo más curioso que vimos y que parecía vender mucho fue lo de que te suban en furgo, una vez arriba, coges la bici y haces la bajada, eso si, la foto de cumbre es sobre la bici… chistoso.

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Lo que si os podemos asegurar, es que para subirlo desde el lado norte nuestro cuentakilómetros marcaba que fueron 63 kms de subida hasta el paso…. ¡¡63 kms!! a uno no le queda mas que reírse (por no echarse a llorar). Pero… fueron sabrosos.

Como ya habíamos experimentado en todo este tiempo sucedió que al pasar los 4.200 – 4.500 m. de altura empezaron las miserias: debido a la escasez de oxigeno y al peso de la bici… no das, no das ni de tí, ni de sí, ni de ná… pero lo subes, al final… como siempre… mas pronto o mas tarde acaba, todo se transforma. Es esa la eterna constante y el clavo ardiendo al que personalmente me agarro para que la mente no se venga abajo, y para recordarme, el disfrutar también este momento pues aunque sea difícil se irá para no volver, junto con todo.

La escapada al lago Pangon obliga al viajero a recorrer el mismo camino de ida y vuelta y este hecho nos hizo descubrir y reflexionar sobre nosotros mismos, y esta forma nómada de vivir que hemos elegido.

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Ir y venir por un mismo camino es algo que por nuestra forma de viajar, no hacemos.

El camino siempre es nuevo, la carretera una incógnita y lo que encontramos una sorpresa, esa es nuestra rutina: lo incierto. La incertidumbre es algo que no nos hace perder la calma, ni el sueño, y es debido al habernos acostumbrado si, pero tambien a confiar. No sabría decir en qué y quizá suena a locura pero confiamos en que todo está bien y creo que lo mas importante del caso es que sabemos, que si deja de estarlo… también estará bien. No hay porque preocuparse. Es ésta una certeza que no viene de reflexiones sino de lo mas profundo, allí dónde razones y porqués no se necesitan para saber.

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El hecho de tomar el mismo camino en ambos sentidos trajo un añadido que facilitó las cosas y fue el saber exactamente dónde empezaba la dureza del puerto, dónde lo mas empinado y lo más importante de todo: dónde terminaría. A base de cruzar durísimos momentos de esfuerzo físico en estos años, hemos descubierto ambos que cuándo sabes lo que tienes por delante, cuántos kms quedan para que termine, hace que todo curiosamente se transforme. El camino y la dureza son las mismas y no sé aún si es la certeza del fin y de ir viendo como se acerca, o quizá el ir delicadamente repartiendo fuerzas pero lo que es seguro es que todo se transforma.

También tuvimos visita, si, un par de hermanos de Aitor y una sobrina que vinieron por 23 días tan dispuestos a hacer un trekking largo por estos parajes, que incluso recién aterrizados, el trayecto del aeropuerto al pueblo fue a pie. Venían con muchas ganas y eso hace falta en estos lugares en que la altitud y la escased, marcan el día a día si uno se aventura en un trekking por libre, sin organizar.

Los primeros días como era de esperar no fueron fáciles, pero una vez que ellos se fueron aclimantando y nuestras piernas se adaptaron al nuevo ejercicio, todos pudimos disfrutar mucho más. Los paisajes, la soledad, la pureza y lo exótico de este lugar motivaban a seguir cada día.

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El trekking tuvo como colofón final la ascensión al Stock-Kangri, un 6.123 metros de altura el cual, nos costó dos tentativas de ascenso debido al mal tiempo.

Fué la ruta al lago Tso- Moriri la que elegimos para volver a pedalear tras el trekking por la cantidad de kms de llano y la ligereza del puerto de montaña que habíamos de pasar, un tramo éste mágico realmente.

El volver a la bici se hizo mentalmente más duro de lo esperado acostumbrados como estábamos a la buena vida del trekking con la familia de Aitor en que … si, uno camina 4 o 5 horas, incluso algún día llegamos a las 8, y se carga con la mochila, se sube a altura, a tanta que el oxigeno no da y… y.. en la tarde… llega uno a la casita de una familia de alguno de los diminutos y escasos pueblos de la zona, dónde sus gentes, aprovechan el paso de viajeros para hacer algo de dinero a cambio de permitirles pasar la noche y cocinar para ellos.

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Normalmente la habitación es el salón de la casa, otras una de las suyas, dónde ellos duermen; unas colchonetas en el suelo del tamaño de esterillas de playa o de gimnasio rellenas de lana y de unos 5 cms de espesor, hacen las veces en estos hogares de sillón, sillas y camas… no hay todos esos muebles que en occidente tenemos por algo tan común. 4 o 5 de éstas extendidas por la sala y una o dos mesas que levantan dos palmos del suelo, eso es todo el mobiliario.

Al llegar no tiene uno más que soltar la mochila, acomodarse y esperar al té caliente y la cena, que al igual que el desayuno del día siguiente llega de sus manos normalmente, con amorosa simpatía y uno, no tiene que hacer mas que recostarse y descansar….

-“¡¡Esto es vida!!”- nos deciamos con una risilla por lo bajini.

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En la vuelta al pedaleo (como os contaba) tras las horas de ejercicio sobre la bici, uno para y… hay que seguir “moviendo la manivela” para que las cosas sucedan: si quieres descansar pues… monta la tienda, si tienes hambre o ganas de un té pues… monta la cocina, coge agua y preparatelo y así con todo.

Si el día de pedaleo no ha sido duro se hace sin pensar, pero a veces, resulta agotador en su conjunto, aunque al tenerlo normalizado como parte de la vida misma, de lo que es, uno ni se lo plantea realmente; es sólo cuándo como ahora, se prueba esta otra forma, que a la hora de volver parece que la fuerza interna se hubiera aburguesado y refunfuñando, mascullara protestas y quejas que no sirven sino para empeorar la readaptación. Pasados un par de días, todo es recuerdo y parece estar lejos, la voz de la condesa interna ha enmudecido y todo vuelve atener un dulce saborcito.

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Algunas aventuras y momentos quedan, como siempre en el tintero, pero contaros, que las lluvias torrenciales del Agosto pasado se tornaron en catastróficas en la zona de Cachemira y debido a ellas alargamos la estancia hasta que las carreteras se reabrieron, justo a tiempo para salir de esas altas tierras y descender, antes de que como cada año, los puertos de montaña queden cerrados por la nieve y aquellas gentes aisladas, hasta la siguiente primavera. La única forma posible de acceso en los meses de invierno es el avión, cuando el tiempo lo permite.

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Una vez en las planicies de India de nuevo, comenzaba la siguiente aventura. Suponía esta vez aparcar las bicis y todo el material en casa de un antiguo amigo, al que conocimos en Amristad justo cuando íbamos a cruzar a Pakistán en el 2008. Una vez quedó todo a buen recaudo, tomamos un avión y el 23 de Octubre volábamos a Madrid así, sin más porqués que el disfrutar de la familia y los antiguos amigos por un par de meses. Llevábamos 3 años sin verlos y las navidades, repletas de encuentros familiares fueron el momento elegido para estar de nuevo con todos ellos.

En este lapso, en este alto en el camino que en principio iba a durar tan solo un par de meses, sucedió que una oferta nos cayó del cielo: la propuesta de trabajar hasta el verano en la renovación – restauración de un enorme caserío en el lugar de Aitor (Pais Vasco). A cambio, tendríamos una buena paga y la oportunidad de vivir allí mismo, en la montaña, un tanto aislados en una pequeña casita con hoguera, huerta e incluso caballos…..

La propuesta nos sorprendió a ambos tanto que en principio no reaccionamos, simplemente nos permitimos sentir que nos decía el interior y fué, un si rotundo.

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Aquí estamos desde noviembre en que comenzamos, y seguiremos hasta el verano trabajando y aprendiendo mucho: piedra, madera, paredes, suelo, cargar y picar, hacer cemento y usar multitud de máquinas que van haciendo que esta vieja casa, se convierta en un hogar, poquito a poco y tan solo con nuestras manos.

En este paréntesis también andamos de vez en cuando, dando charlas-conferencias sobre nuestra (aquí curiosa) forma de vida, y entre unas cosas, otras, y esta sosegada pachorra…el tema de actualizar el blog ha ido quedando para después, para más tarde. Tras el email de Conrado y el de un par de amigos que andaban preocupados, decidimos poneros a tod@s al día y contaros este poquito de lo que han sido todos estos meses.

Y así estamos que no parados, pausados. Se dice que las pausas en un texto son las que lo dan sentido y en la música, las que separando las notas crean el ritmo, la armonía…. una pausa enriquecedora ésta, en todos sus aspectos.

Ahora toda esa belleza vista y vivida parece haberse colocado tras los párpados y a veces en algún pestañear mas largo de lo normal, una persona, un paisaje, una mirada o una montaña aparece de nuevo frente a nosotros, lejana pero cercana al mismo tiempo. Un sin fin de experiencias y momentos que en estos tiempos de estar parados parece, fueran asentándose en nuestro interior dejando espacio para lo que vendrá después.

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