Manipur, momentos y palabras.

La guinda del pastel, el gran final de este recorrido por los estados del noreste de India fue como no podía ser de otro modo: algo grande.
Llegamos sin saberlo en el momento perfecto al lugar adecuado para presenciar el «Festival de la plantación de la Semilla», según nos acercábamos a Ukhrul y mientras tomábamos un té en una pequeña chocita de madera al borde de la carretera, la sonriente y dulce mujer nos contaba en un inglés sorprendentemente bueno, lo que al día siguiente se celebraba: «Una vez al año se reúnen gentes que vienen de todos los estados, incluso del país vecino (Myanmar) y que representan a cada una de las tribus que forman la comunidad Naga. Hemos sido divididos por fronteras y burocracia, pero seguimos siendo una comunidad y este festival se creó en el intento de que ese sentimiento no se pierda. Es un festival de los Naga y para los Naga»- nos decía – «os podéis sentir afortunados pues va a ser algo difícil de olvidar.»
Y así fue.

mosaico festival
Un inesperado cocktail de gentes y tradiciones con una variedad tal que no dábamos crédito a tanta riqueza cultural, por más que lo teníamos ante nuestros ojos.
Todos estos estados del noreste de India nos han asombrado por lo extraordinario de sus gentes y rincones, por su abundante diversidad por lo que ha sido imposible hablar de ellos como un «todo», y decidimos dedicar una entrada del blog a cada uno.

Mucho que contar, que recordar y compartir de cada estado.

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En el último de ellos, Manipur, tan sólo pedaleamos 300kms, pocos para hablar de él como si de algo conocido se tratase. Con una pasada tan superflua uno puede retener imágenes, saborear momentos pero… no da para apenas enterarse de nada. Lo que sí, es que nos trajo la dicha de pedalear de nuevo en el llano.
¡¡Cuánto tiempo sin rodar tan suave y sencillo!! cuánto sin que la inercia nos hiciera avanzar sin darle a las piernas, así, como por arte de magia, sin apenas esfuerzo alguno. Pedaleando en el llano, olvidábamos incluso el peso de las alforjas.

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Tan corto el tiempo en Manipur que hemos decidido contaros en este post algo diferente esta vez.

Queremos compartir con vosotr@s palabras, las que aparecieron en esos encuentros en la noche junto a un fuego, las que surgieron alrededor de una mesa bebiendo una taza de té en una parada durante las horas de pedaleo, palabras que nos susurraron o que nos gritaron, unas pocas de esas que por algún motivo han quedado grabadas en nuestra memoria.

Han sido muchas las noches y días que hemos pasado con los misioneros católicos. Comunidades en las que comida, sonrisas, ducha y cama nunca, jamás son negadas a quienes pasan pidiendo cobijo.
Son muchas las historias que os podriamos contar, interesantes las conversaciones, pero las palabras del padre en la escuela de Ukhul nos resultaron aún más dulces que los pasteles que comíamos mientras charlábamos alrededor de la vieja y redonda mesa camilla:
«La religión es algo que me convierte en mejor ser humano. Para mí, un cristiano es aquel que intenta ser mejor persona cada día. No digo que lo consiga pero si que es aquel que aunque falle, la siguiente vez, vuelva a intentarlo de nuevo.»SAMSUNG CSC

(Un cartel al borde de la carretera que dice así: «Deja EXISTIR y comienza a VIVIR.»)

Un muchacho de vida humilde y tranquila, nos invitaba a dormir esa noche en su casa tras encontrarnos en su pequeña aldea, en la tarde, mientras buscábamos una tiendita donde poder conseguir algo de arroz para la cena.
Esa noche y en la sencilla y tradicional cocina, sentados alrededor del fuego hablamos de muchas cosas del mundo y de nosotros, de sentimientos y de sueños, también de algo que creemos os puede resultar curioso: la situación en relacción al empleo en Nagaland y en toda India.
Ya habíamos oído a otras gentes de otros estados contar exactamente lo mismo, pero este muchacho lo explicó en un tono tan claro y sencillo que no nos podemos resistir a compartíroslo:
-«Aquí casi podemos decir que no existe el trabajo privado.- nos decía-. La gente no tiene dinero y por lo tanto no pueden crear su propio negocio y mucho menos montar una compañía o algo parecido.
Nosotros hemos vivido siempre sin usar apenas el dinero, la tierra lo da casi todo y para vivir, basta con trabajarla.
Si lo que quieres es tener un trabajo para conseguir dinero, entonces la única opción real es conseguir un puesto de funcionario pero… ¿sabéis cómo se consigue aquí un puesto del gobierno?.»
(Aunque ya habíamos oído por otros lo que nos iba a contar, nos hicimos los tontos con la intención de volver a escucharlo por alguien de otro estado, por alguien que no tenía nada que ver con quienes ya nos lo habían dicho, para de algún modo, saber y reconfirmar si ésta es una realidad que se da en toda India).
-«Esos trabajos se compran. Si como suena, esos trabajos cuestan dinero, tienen un precio.»
-«Pero… ¿cómo se le puede poner precio a un puesto de trabajo?»- preguntó Aitor aprovechando la pausa – «¿quién decide cuánto vale?.»
-«Es muy fácil»- contestó al tiempo que le salía una risa sarcástica con un claro toque de indignación- «Todo depende del dinero que conseguirás de tu trabajo, si, lo que se llama «dinero extra». Lo que quiero decir es que, como aquí todo se compra (desde el permiso de conducir, al título universitario, incluso en ciertas áreas de India compras a tu propia esposa) una vez en tu puesto de trabajo, otros vendrán a comprar tus favores y en relación a lo que mensualmente te puedas sacar con esos extras, se calcula lo que vale el puesto. Así es como funciona, es triste pero es la realidad que además os puedo asegurar, se da en toda India.»

Los estados del noreste han sido ricos en encuentros, en momentos, en gentes, en palabras ….demasiadas para ser contadas todas….

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Y la última historia para compartir, un momento simpático en ruta:

Andábamos pedaleando a la par en la carretera (cosa que no sucede a menudo debido a la diferencia de ritmos entre nosotros, que nos lleva por lo común, a ir separados desde unos cientos de metros a algún kilómetro incluso) cuando un pequeño hombre con su vieja bicicleta se puso a nuestra altura de repente.
Estábamos cruzando el estado de Assam, totalmente llano en el que mucha gente se mueve en bicicleta, la carretera estaba vacía porque justo ese día había convocada una huelga general (algo común en estos estados del noreste los cuales, en muchos aspectos, han sido dejados de lado y olvidados por la «gran India»).
Ocupamos los tres, por completo el carril en línea, avanzando entre la suave niebla mañanera que parecía no querer llegar a desaparecer por completo esa mañana.
Aitor a un lado y yo al otro, comenzamos a charlar con aquel hombrecillo. Tras las típicas preguntas de siempre que normalmente llevan hasta el mismo orden de aparición, nuestro amigo nos dijo que él era un hombre pobre, con un gesto de melancólica aceptación.
-¿Pobre?- le dijo Aitor- ¿estás seguro?.
-Si- contestó.
-Vamos a ver amigo- le dije yo desde el otro lado- ¿tienes casa?.
-Si- afirmó mientras le daba a los pedales.
-¿Y esposa?, ¿estás casado?- le preguntó Aitor desde el otro lado haciéndole girar la cabeza.
-¡Por supuesto!.
-¿Y hijos, tienes hijos?- era mi turno.
-Tengo dos, un chico y una chica.- dijo con un claro todo de orgullo.
-Y tus hijos…. ¿van a la escuela?- le volví a preguntar buscando que respondiera lo que era obvio pues en India, hay escuelas públicas por todas partes.
-Si, en nuestra aldea tenemos una escuela.
-¡Que bien!…¡Ah! y además tienes una bonita bicicleta- dijo Aitor apuntando a ella- y por lo que parece funciona a la perfección.
El asintió con la cabeza y sonrió.
El gesto, la mirada e incluso la postura de aquel hombre iban cambiando, transformándose con cada pregunta su cuerpo iba delicadamente estirándose hacia arriba, creciendo literalmente, la barbilla se elevaba y los hombros giraban hacia atrás, dándole un aire totalmente diferente, incluso comenzó a agarrar el manillar con más fuerza, con más brío. Aparentemente todo esto sucedía sin que él mismo fuera consciente de ello pero para nosotros, era realmente asombroso y nos animaba a seguir.
-Y parece, amigo, que tu salud es buena ¿cuántos años tienes si se puede saber?.
-Por supuesto, no hay problema, tengo 43 años.
-Asi que, aún te quedan muchos años por vivir- dijo Aitor en un todo de felicitación- y para cambiar, transformar las cosas.
-Si, es cierto, aún me siento joven y con fuerzas.
-Nosotros, amigo- le dije yo desde el otro lado acercándome un poco más a él, justo a unos centímetros de su bici mientras seguíamos, todos avanzando- hemos visto en el mundo gente realmente pobre, gentes que no tenían que llevarse a la boca ni que dar de comer a sus hijos, hemos visto familias enteras que vivían bajo un plástico en plena ciudad, sin nada más que desesperación por pertenencia. Hemos visto personas que ancianas, muy debilitadas y solas, caminaban al borde de la carreter, buscando algo que comer, perdidos, solos y sin rumbo, sin nadie ni nada. Esos amigo, esos son pobres.
-¿Sabes lo que eres tú?- me cortó Aitor desde el otro lado con un tono brillante de excitación- tu eres un tío con suerte, ¡¡fíjate en todo lo que tienes!!.

Tras tan sólo unos pocos metros que seguimos avanzando en silencio, nuestro amigo nos señaló la derecha y dijo que era la dirección a su casa, nos invitó a acompañarle pero habíamos de seguir, ahí nos despedíamos. Con una linda sonrisa, con otro gesto, e incluso pedaleando con más confianza, lo vimos avanzar y desaparecer por el estrecho camino de tierra que lo dirigía a su casa.
Continuamos nosotros también camino, hacia delante como siempre, con una traviesa y pilla sonrisa asomando al rostro.

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Inolvidable Meghalaya.

Tras recuperar fuerzas volvemos decididos al ataque. De nuevo y sin pensarlo dos veces nos encaramamos a las montañas, sabemos que el llano de Assam sería más facil pero el perdernos en los bosques de los Khasi y conocer a esta tribu del estado de Meghalaya, que se rige por un sistema matrialcal, es una de las razones por las que hemos venido hasta aqui, por lo que, no serán unas cuantas cuestas las que nos paren.

Tranquilos y felices de dejar atrás el tráfico del llano, tomamos una estrecha y solitaria carreterilla que entre un verde y frondoso bosque, nos iba a dirigir hacia las montañas de la tribu Khasi.

mosaico caras khasi tribe
Nos costó una veintena de pequeños cruces de vecindario (en los que al preguntar por la dirección, los vecinos nos invitaron a té con galletas y nos hicieron regalos como arroz, limones y una especie de fular de algodón típico de la zona llamado «gamusa») y también un par de rectas en las que si o si, cualquier hijo de vecino tendría la seguridad de estar totalmente fuera de ruta, perdido entre los campos de arroz ya cosechado en esta época del año.

La encontramos finalmente cuando el maestro de la aldea nos dirigió con su bici al último cruce en el que ya no teníamos forma de perdernos. Cuando terminó de explicar y traducir a todos los chavales del pueblo (que se habían venido uniendo a lo que ya parecía una cabalgata) quienes erámos, lo que hacíamos, los porqués y lo que el añadía de propia mano, entonces y solo entonces marchamos viendo como un montón de gente desde el cruce, agitaba sus manos al aire en gesto de despedida.

«De nuevo- me decía Aitor- otra experiencia que nos vuelve a enseñar que no hay color entre carreteras generales y secundarias, de unas a otras uno encuentra dos lugares totalmente diferentes, opuestos. Incluso estando a unos pocos kms una de otra. Recuerda ayer – el día anterior habíamos cruzado por unos kms una general- no solo el tráfico, sino la gente, los encuentros.Esto es calidad, no en el avanzar, sino en el resto que al final, para mí es lo más importante.»

Bosques, cuestas, bosques, sonrisas, cuestas, jungla y sonrisas y así subimos de nuevo a Meghalaya, esta vez más fuertes, con el ritmo del viaje ya cogido y preparados para lo que viniese.

La sencillez, simplicidad y los ritmos naturales aunados a la limpieza y el respeto por el entorno se trasformaron a más y a mejor según ascendíamos, la cosa era directamente proporcional, la mejor de las motivaciones para seguir subiendo a ritmo y con ganas. En esta zona incluso los lugares de descanso son de alta calidad…

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La simpatía que los Khasis nos iban provocando y el interés por el tema del matriarcado y de saber más sobre como eso marca una diferencia o no en una sociedad, nos hicieron ir acampando siempre, cada día, cerca de gente.
En la tarde y aún con unas cuantas horas de luz, nos parábamos en alguno de los escasos pueblos y dejábamos que sucediera algún encuentro, algún acercamiento, entonces y tras una charlita en la que el otro saciaba su curiosidad y se enteraba de quienes somos, de dónde venimos, de que es lo que tenemos ahí dentro de las alforjas… les acababamos explicando lo de siempre:

-Tenemos todo aqui, no os tenéis que preocupar por nosotros. Esto que parece una bicicleta es realmente una casa andante, solo necesitamos un sitio, un lugar en el que instalarnos y pasar la noche a salvo.

Sabemos de sobra que a salvo estamos pero es la forma o excusa que se nos ocurre (o la de «un sitio a cubierto») para que nos dejen un lugar, lo cual siempre han hecho encantados.

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Ha habido de todo: en una iglesia, en casas con familias, en centros comunales…. pero siempre fuera donde fuera no ha faltado el fuego, la hoguera en la noche alrededor de la cual tod@s, nos hemos sentado como cada día ellos hacen: muy juntitos, en sillas bajitas, juntando nuestras manos al frente para que el calor en las palmas (y en las puntas de los pies) ayudara a calentar el resto del cuerpo.
Cercanía, roce, tranquilidad y sensación de aún tan lejos: estar en casa.

Sonrisas y siempre alguien que hablaba inglés para comunicarnos y traducir. Dulces e inolvidables momentos en las noches junto al fuego en los que íbamos aprendiendo sobre ellos, sus vidas y algunas curiosidades como que el bambú, si es verde, para quemarlo en la hoguera hay que romperlo o hacerle un agujero pues sino, estalla. Bambú que aquí crece por doquier y que usan para todo… construir casas, mesas, sillas, bancos, cucharas, cocinar dentro de el colocado sobre las brasas, calentarse….

Una de las cosas más diferente a todo lo que nunca antes vimos, fué a los hombres cuidando de los niños, cargando los bebés incluso en el trabajo (llegamos a ver hasta un zapatero liado en la faena con el niño dormido) siempre colgados a la espalda con una manta alrededor.

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Y algo más sorprendente e inesperado: los chavales, los de entre 9 a 15, 16 años. Nunca antes vimos chicos de esa edad lavando la ropa de toda la familia; siempre hemos visto esa tarea en niñas, mujeres o incluso hombres, nunca antes en chicos.
Pero la mayor diferencia de todas la vivimos en nuestras carnes y a menudo nos hizo reir, nuna antes he escuchado tanto la palabra «madam». Aquí era yo la que decidía, la que había de hacer los registros en los hoteles y firmar cualquier cosa oficial o papel que hubiera que firmar, es la mujer la que está al cargo, la que hereda, la que pasa el apellido, la figura principal y por lo tanto yo lo era. Aitor es simplemente mi marido, un añadido sin demasiada importancia.

Habíamos descubierto en una de las paradas en un pueblito sin hotel de ningún tipo, que existen unas casas del gobierno las cuales usan sus oficiales como hoteles y que pidiendo permiso de antemano en las oficinas correspondientes, podíamos acceder a ellos: baratos, lujosos, limpios y tranquilísimos. Por eso tras cruzar las montañas y llegar a la Shillong (la capital) decidimos intentarlo de nuevo.

Esto nos llevó a las oficinas, en este caso y al ser ciudad, un par de enormes edificios y como siempre en todos los paises….
– Ahora a aquella ventanilla, no, ahora a aquella otra…
De pasillo en pasillo y siempre yo con los pasaportes en mano, era la que hablaba y a la que se dirigían, Aitor era invisible y estaba encantado con el tema.

Finalmente llegamos a la jefa principal, una mujer de unos 50 años de pelo negro y formas anchas, tranquila, elegante y segura de sí misma, con la que tomamos un té mientras todo el tema burocrático se iba haciendo y la que nos contó algo interesante:

-Nosotras- nos decía mientras nos miraba tras sus gafas de pasta- a veces delegamos responsabilidad en los hombres, en eso no tenemos problemas. Como siempre hemos tenido el mando y el poder, no tenemos miedo a perderlo, por lo tanto no tenemos miedo a que los hombres nos quiten el puesto y por eso no nos importa delegar, hay hombres que también tienen poder, a nosotras no nos importa, a veces lo compartimos. Ellos también pueden hacer.

Encantados salimos de aquella oficina y casi enamorados de aquella mujer gracias a la cual, tuvimos una estancia a precio de risa en una de las mejores habitaciones que nunca vimos.

Y de ahí a la guinda del pastel: los puentes vivientes de Meghalaya.

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Un buen amigo fué quién nos habló de ellos pues nosotros, no sabíamos ni que existían.
Hechos con las raices de los árboles que dirigidas con el bambú se van entrelazando unas con otras y finalmente, tras muchos años, forman estos increíbles puentes en los que uno se siente trasportado a mundos de duendes, elfos y magia.

mosaico puentes

Algo increíble y realmente digno de ver, pues por más que lo expliquemos o más fotos que colguemos nunca podremos hacer honor al lugar, al espacio, a los puentes, al estar allí. Maravilloso.

Merecieron la pena las cuestas, y las más de 3.000 escaleras que tuvimos que subir y bajar para acceder a ese lugar en el fondo del valle en que la jungla esconde dicho tesoro.

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Y como siempre, todo continuamente cambia, también tuvimos un buen susto que nos hizo temblar de miedo y, no, no fué el terremoto del vecino estado de Manipur (que si, que nos hizo temblar en la noche y pasar bastante miedo) sino la noticia de que el gobierno Hindú había decidido de la noche a la mañana pedir un permiso especial a los turistas que quisieran estar en estas zonas, y que debido a esa ley si queríamos seguir con nuestro viaje teníamos que cruzar India entera en tren (mas de 2000 kms) para conseguir el permiso en Delhi, de otro modo, teníamos de repente cerrado el acceso a Mianmar.

La pesadilla duró unos días y fuimos bastantes los turistas y viajeros que nos encontramos en un buen marrón pero, debido a presiones burocráticas, los Hindúes se arrepintieron y deshicieron de nuevo de la noche a la mañana tal ley y así, se pasó el susto.

¿Lo bueno del caso?…que mientras buscábamos e intercambiábamos desesperados con otros viajeros información de lo que estaba pasando, nos encontramos con un enlace en la red de un estado vecino del que hasta ahora no habíamos oido ni hablar: Nagaland.
Fué ver el reportaje de un español que estuvo allí y decidir que costara lo que costara queríamos ir y ver eso con nuestros propios ojos.

Asi fué que de un plumazo, borramos de nuestras mentes todo plan y reinventamos el viaje, ¡¡¡ plis, plas !!!: en vez de seguir hacia Myanmar nos iríamos al norte (un desvío de 800kms).

Aún relamiendonos de tanta belleza y hospitalidad, emprendimos un nuevo e inexperado camino que nos iba a trasportar no tanto en el espacio sino en el tiempo, pero eso….
eso dejémoslo para la siguiente, que por hoy, ya hemos charlado bastante.

Y de nuevo…. ¡¡ ahí vamos !!.

Arrancando motores….brrrrmmm, brrrrmmmm, probando, probando… un, dos, un, dos…. si, si, probando, probando…..

Parece que todo sigue en su sitio, allí donde lo dejamos cuando decidimos ir de visita a España por un par de meses. Han pasado once desde entonces, hemos compartido tiempo con los que queremos, hemos hecho dinero, hemos aprendido mucho y descubierto que con nuestras simples manos y un par de ellas más podemos llegar a construir una casa, poco a poco, paso a paso.  Y tras todo ello, aquí estamos de nuevo, en India.

Parece como si nada hubiera pasado, como si todo hubiese sido un sueño, así son los recuerdos, nos acompañan y sabemos que lo vivimos pero al mismo tiempo…. podrían haber sido tan solo un sueño o una historia inventada sin más. A veces me parece que todo se guarda en el mismo cajoncito de la mente, como si ella no distinguiera, somos nosotros los que sabemos, pero las historias soñadas, vividas, escuchadas e inventadas, parecen estar todas juntas, revueltas en el mismo cajón.

De nuevo viajar, moverse y aterrizar en otro mundo.

moto

Unas horas tan solo de diferencia y tras meterse en una especie de frigorífico con asientos…..¡¡¡zas!!! otro mundo, otro planeta.

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Es como sacudir de un golpazo todas las células del cuerpo y gritarlas: ¡despierta!.

Aunque rápido y efectivo, sigue sin ser el avión algo que nos guste demasiado, es más, ni siquiera nos parece saludable. Teniendo tiempo, seguimos eligiendo sentir el cambio poco a poco, observar los indicios de uno a uno, las señas, los pequeños detalles con los que vas viendo como cambia el mundo. Avanzando lento… digiriendo las transformaciones … transformándote con ellas.

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De todos modos hemos disfrutado el volar, el arrancar, el sentir que todo comienza de nuevo… si que lo disfrutamos pero, también lo hemos sufrido.

Dejar atrás a la familia hace sentir un clack en el corazon, asi como cuando una tabla se rompe al ser forzada….¡¡¡ clack!!! y duele, literalmente hace daño pero sucede que al mismo tiempo, hay una fuerza enorme que empuja, una fuerza a la que solo te queda rendirte, que te impulsa a seguir, a avanzar, a vivir y no parar de descubrir sorprendentes rincones, especiales momentos, encuentros, gentes….

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Aquí teníamos una vida «en espera» que había quedado pausada, sentada mirando al infinito sin mover siquiera un musculo en nuestra ausencia. Como ese perrillo que alguien dejó atado fuera de una tienda cualquiera, y observa atento la aparición de su dueño con los ojos bien abiertos, sin ni siquiera pestañear, atento y ansioso. Así la hemos encontrado a nuestra vuelta.

Ella deseando ser vivida, nosotros, apasionados por seguir viviéndola.

Todas las reglas conocidas se transforman, lo que estaba bien es mejor no repetirlo, lo políticamente correcto puede haberse convertido en una falta de respeto en este nuevo lugar.

Readaptarse, recolocarse y…. respirar.

Afortunados hemos sido y la familia nos regaló todas, todas las cosas que estábamos necesitando renovar en las bicis, pues los kilómetros, los baches, el peso y el tiempo habían hecho estragos en algunas piezas que literalmente estaban en las últimas. Con todo este material nuevo y un poco de tiempo para montarlo, con un poquito más de aceite y un apretón aquí y otro allá, estarán listas para seguir la aventura, la vida.

¿Planes?

Sí, tenemos.

Algo realmente nuevo apareció, el Yoga, un impulso, casi una necesidad interna que nos empujaba a probarlo. Así fué que nos vinimos hasta Risikesh en el norte de India lugar que podriamos llamar «la meca del Yoga» a las orillas de mismísimo río Ganges el más sagrado de india al que contínuamente vienen en peregrinación gentes de todos los rincones de éste país.

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Aquí estamos, cada día, dándolo todo. Asistimos a cuatro horas diarias de práctica y sorprendidos vemos como a través de ella nuestro cuerpo se está transformando, despertando, haciendo mas flexible y liberando rigideces y tensiones que ni siquiera éramos conscientes de que estaban ahí. Interesante, nuestras ganas de seguir aprendiendo cada vez son más.

Las ofrendas al río, los rituales en sus orillas, los rezos al atardecer, los baños de purificación hacen de este lugar algo inigualable, exótico, especial

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pero…. aquí no nos quedamos, tenemos tanto por delante que no hay manera de resistirse a vivirlo asi que, en cuanto termine el curso … ¡¡volvemos a coger las bicis!! .

Nos dirigimos a  los estados del noreste de India y seguidamente a Miamar (Birmania) finalmente. Llevamos años teniéndolo en el punto de mira, en las ganas, años con este país en el «cajón» del próximamente y de repente todo se da de tal manera que podremos cruzarlo y además bien tranquilos.

Gracias a la ayuda de un puñado de buena gente tenemos lo necesario para obtener un visado largo: ¡¡tres meses!!.

Tanto por delante, tan excitante, tan intenso éste ahora practicando cada día que de nuevo, si hay algo que en lo profundo de nosotros resuena es un enorme y sonoro GRACIAS. Un gracias indefinido, una sensacion de gratitud que no necesita razón de ser, simplemente vibra ahi, por lo bajini, profunda y continuamente.

Y… finalmente os contamos.

Un muchacho mejicano llamado Conrado, al cual no conocemos, escribió diciendo que nos seguía siempre y que andaba preguntándose que había sido de nosotros, donde andábamos y sobre todo, si estábamos bien. Nos deseaba en la despedida salud y claridad en el andar.

Su email fue la fuerza para arrancarme la pereza de las ganas y contar-os un poquito desde dónde lo dejamos en el último escrito que publicamos, hasta este mismo momento.

Gracias Conrado por tu bonito email, es reconfortante saber que hay gente al otro lado de esta pantalla fría y brillante.

Ladakh es como uno de esos sabrosos postres caseros que de tan ricos como son, siempre saben a poco y uno tomaría cada día, es más, en cada comida, un poco más de nuevo para deleitar el paladar.

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Elegimos Leh como base de operaciones debido a su vida y especial atmósfera: es el punto más bajo de los alrededores a unos 3.500m de altitud. Ladakíes y tibetanos viven aquí desde hace cientos de años (según nos contaba un lugareño) en que un rey tibetano decidió asentarse en estas tierras ya pobladas, pero sin una clara estructura social, y levantó la “ciudad” su pequeño imperio, punto de encuentro de comerciantes que venían de India al Tibet. Las caravanas de yaks que antiguamente levantaban el polvo en este semidesierto de las alturas, hoy son filas de coches y pequeñas furgonetas de turistas que a montones, llegan así como en oleadas, atraídos por diversidad de motivos: trekkings, rutas para bici, visitar el Lago Pangon (hace furor entre los Indúes de clase media alta por haber salido en una película muy comercial de Bolywood), hacer cima en altas cumbres o incluso seguir las huellas del mismísimo Jesucristo que según aseguran, aparecía en los registros de un antiquísimo monasterio de todos los que pueblan la zona.

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La presencia de los Cachemires da un toque de exotismo al centro con sus mezquitas y su llamada al rezo, los deliosos panes recién horneados y en las callejuelas estrechas del bazar, las tiendas de requesón y yoghourt siempre frescos y deliciosos. Sin duda un lugar especial y cómodo en el que puedes descansar por muy poco en un hotel y comer variedad de sabores por menos aún, incluso, y debido a la presencia del turismo, puedes tomarte un café expreso o una tarta de manzana en una de tantas cafeterias que con sus bollos y pasteles, son los lugares más visitados por los occidentales.

Hay tanto que hacer en estos valles y planicies que no paramos de inventar escapadas: a un lago, a un valle, a un monasterio antiguo, al lago de mas allá aún, a hacer esta ruta que otro ciclista nos aconsejaba, y así nos tiramos en la zona casi tres meses, y es que…. gente…. esta zona del mundo ¡¡es un verdadero paraíso!!.

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Seguidamente, un poquito de alguna de esas escapadas avanzando, explorando estas tierras altas, este Tibet-Indú y algunos de sus rincones:

La mayor parte del aventurarse aqui, pasa por cruzar un puerto de montaña y eso, señor@s, en este lugar significa los 30 y tantos kms de ascensión y pasar o rondar los 5000 metros de altura. El redoble de campanas sonó al subir el “Khandur – La” el cual, los indúes venden como: “el puerto más alto del mundo (que se puede pasar a motor)”. Dicen que alcanza los 5.600m de altura pero cualquiera que tenga un altímetro puede comprobar que la medición no es real y por lo que se comenta, el más alto está en Bolivia pero, los indúes han trucado los números y con ello atraen a multitud de turistas que vienen a subir en coche, moto, y hacerse la foto en la cumbre. Lo más curioso que vimos y que parecía vender mucho fue lo de que te suban en furgo, una vez arriba, coges la bici y haces la bajada, eso si, la foto de cumbre es sobre la bici… chistoso.

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Lo que si os podemos asegurar, es que para subirlo desde el lado norte nuestro cuentakilómetros marcaba que fueron 63 kms de subida hasta el paso…. ¡¡63 kms!! a uno no le queda mas que reírse (por no echarse a llorar). Pero… fueron sabrosos.

Como ya habíamos experimentado en todo este tiempo sucedió que al pasar los 4.200 – 4.500 m. de altura empezaron las miserias: debido a la escasez de oxigeno y al peso de la bici… no das, no das ni de tí, ni de sí, ni de ná… pero lo subes, al final… como siempre… mas pronto o mas tarde acaba, todo se transforma. Es esa la eterna constante y el clavo ardiendo al que personalmente me agarro para que la mente no se venga abajo, y para recordarme, el disfrutar también este momento pues aunque sea difícil se irá para no volver, junto con todo.

La escapada al lago Pangon obliga al viajero a recorrer el mismo camino de ida y vuelta y este hecho nos hizo descubrir y reflexionar sobre nosotros mismos, y esta forma nómada de vivir que hemos elegido.

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Ir y venir por un mismo camino es algo que por nuestra forma de viajar, no hacemos.

El camino siempre es nuevo, la carretera una incógnita y lo que encontramos una sorpresa, esa es nuestra rutina: lo incierto. La incertidumbre es algo que no nos hace perder la calma, ni el sueño, y es debido al habernos acostumbrado si, pero tambien a confiar. No sabría decir en qué y quizá suena a locura pero confiamos en que todo está bien y creo que lo mas importante del caso es que sabemos, que si deja de estarlo… también estará bien. No hay porque preocuparse. Es ésta una certeza que no viene de reflexiones sino de lo mas profundo, allí dónde razones y porqués no se necesitan para saber.

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El hecho de tomar el mismo camino en ambos sentidos trajo un añadido que facilitó las cosas y fue el saber exactamente dónde empezaba la dureza del puerto, dónde lo mas empinado y lo más importante de todo: dónde terminaría. A base de cruzar durísimos momentos de esfuerzo físico en estos años, hemos descubierto ambos que cuándo sabes lo que tienes por delante, cuántos kms quedan para que termine, hace que todo curiosamente se transforme. El camino y la dureza son las mismas y no sé aún si es la certeza del fin y de ir viendo como se acerca, o quizá el ir delicadamente repartiendo fuerzas pero lo que es seguro es que todo se transforma.

También tuvimos visita, si, un par de hermanos de Aitor y una sobrina que vinieron por 23 días tan dispuestos a hacer un trekking largo por estos parajes, que incluso recién aterrizados, el trayecto del aeropuerto al pueblo fue a pie. Venían con muchas ganas y eso hace falta en estos lugares en que la altitud y la escased, marcan el día a día si uno se aventura en un trekking por libre, sin organizar.

Los primeros días como era de esperar no fueron fáciles, pero una vez que ellos se fueron aclimantando y nuestras piernas se adaptaron al nuevo ejercicio, todos pudimos disfrutar mucho más. Los paisajes, la soledad, la pureza y lo exótico de este lugar motivaban a seguir cada día.

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El trekking tuvo como colofón final la ascensión al Stock-Kangri, un 6.123 metros de altura el cual, nos costó dos tentativas de ascenso debido al mal tiempo.

Fué la ruta al lago Tso- Moriri la que elegimos para volver a pedalear tras el trekking por la cantidad de kms de llano y la ligereza del puerto de montaña que habíamos de pasar, un tramo éste mágico realmente.

El volver a la bici se hizo mentalmente más duro de lo esperado acostumbrados como estábamos a la buena vida del trekking con la familia de Aitor en que … si, uno camina 4 o 5 horas, incluso algún día llegamos a las 8, y se carga con la mochila, se sube a altura, a tanta que el oxigeno no da y… y.. en la tarde… llega uno a la casita de una familia de alguno de los diminutos y escasos pueblos de la zona, dónde sus gentes, aprovechan el paso de viajeros para hacer algo de dinero a cambio de permitirles pasar la noche y cocinar para ellos.

mas contrastes

Normalmente la habitación es el salón de la casa, otras una de las suyas, dónde ellos duermen; unas colchonetas en el suelo del tamaño de esterillas de playa o de gimnasio rellenas de lana y de unos 5 cms de espesor, hacen las veces en estos hogares de sillón, sillas y camas… no hay todos esos muebles que en occidente tenemos por algo tan común. 4 o 5 de éstas extendidas por la sala y una o dos mesas que levantan dos palmos del suelo, eso es todo el mobiliario.

Al llegar no tiene uno más que soltar la mochila, acomodarse y esperar al té caliente y la cena, que al igual que el desayuno del día siguiente llega de sus manos normalmente, con amorosa simpatía y uno, no tiene que hacer mas que recostarse y descansar….

-“¡¡Esto es vida!!”- nos deciamos con una risilla por lo bajini.

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En la vuelta al pedaleo (como os contaba) tras las horas de ejercicio sobre la bici, uno para y… hay que seguir “moviendo la manivela” para que las cosas sucedan: si quieres descansar pues… monta la tienda, si tienes hambre o ganas de un té pues… monta la cocina, coge agua y preparatelo y así con todo.

Si el día de pedaleo no ha sido duro se hace sin pensar, pero a veces, resulta agotador en su conjunto, aunque al tenerlo normalizado como parte de la vida misma, de lo que es, uno ni se lo plantea realmente; es sólo cuándo como ahora, se prueba esta otra forma, que a la hora de volver parece que la fuerza interna se hubiera aburguesado y refunfuñando, mascullara protestas y quejas que no sirven sino para empeorar la readaptación. Pasados un par de días, todo es recuerdo y parece estar lejos, la voz de la condesa interna ha enmudecido y todo vuelve atener un dulce saborcito.

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Algunas aventuras y momentos quedan, como siempre en el tintero, pero contaros, que las lluvias torrenciales del Agosto pasado se tornaron en catastróficas en la zona de Cachemira y debido a ellas alargamos la estancia hasta que las carreteras se reabrieron, justo a tiempo para salir de esas altas tierras y descender, antes de que como cada año, los puertos de montaña queden cerrados por la nieve y aquellas gentes aisladas, hasta la siguiente primavera. La única forma posible de acceso en los meses de invierno es el avión, cuando el tiempo lo permite.

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Una vez en las planicies de India de nuevo, comenzaba la siguiente aventura. Suponía esta vez aparcar las bicis y todo el material en casa de un antiguo amigo, al que conocimos en Amristad justo cuando íbamos a cruzar a Pakistán en el 2008. Una vez quedó todo a buen recaudo, tomamos un avión y el 23 de Octubre volábamos a Madrid así, sin más porqués que el disfrutar de la familia y los antiguos amigos por un par de meses. Llevábamos 3 años sin verlos y las navidades, repletas de encuentros familiares fueron el momento elegido para estar de nuevo con todos ellos.

En este lapso, en este alto en el camino que en principio iba a durar tan solo un par de meses, sucedió que una oferta nos cayó del cielo: la propuesta de trabajar hasta el verano en la renovación – restauración de un enorme caserío en el lugar de Aitor (Pais Vasco). A cambio, tendríamos una buena paga y la oportunidad de vivir allí mismo, en la montaña, un tanto aislados en una pequeña casita con hoguera, huerta e incluso caballos…..

La propuesta nos sorprendió a ambos tanto que en principio no reaccionamos, simplemente nos permitimos sentir que nos decía el interior y fué, un si rotundo.

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Aquí estamos desde noviembre en que comenzamos, y seguiremos hasta el verano trabajando y aprendiendo mucho: piedra, madera, paredes, suelo, cargar y picar, hacer cemento y usar multitud de máquinas que van haciendo que esta vieja casa, se convierta en un hogar, poquito a poco y tan solo con nuestras manos.

En este paréntesis también andamos de vez en cuando, dando charlas-conferencias sobre nuestra (aquí curiosa) forma de vida, y entre unas cosas, otras, y esta sosegada pachorra…el tema de actualizar el blog ha ido quedando para después, para más tarde. Tras el email de Conrado y el de un par de amigos que andaban preocupados, decidimos poneros a tod@s al día y contaros este poquito de lo que han sido todos estos meses.

Y así estamos que no parados, pausados. Se dice que las pausas en un texto son las que lo dan sentido y en la música, las que separando las notas crean el ritmo, la armonía…. una pausa enriquecedora ésta, en todos sus aspectos.

Ahora toda esa belleza vista y vivida parece haberse colocado tras los párpados y a veces en algún pestañear mas largo de lo normal, una persona, un paisaje, una mirada o una montaña aparece de nuevo frente a nosotros, lejana pero cercana al mismo tiempo. Un sin fin de experiencias y momentos que en estos tiempos de estar parados parece, fueran asentándose en nuestro interior dejando espacio para lo que vendrá después.

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Ladakh, un pequeño gran reino.

Entramos en «Lahaul» literalmente «la tierra de los muchos pasos», pasos de montaña por supuesto, puertos, muchos y muy, muy altos.
Aquí comienza la carretera que conecta Manali con Leh, los planos de la India con los Himalayas, con el Tibet, con ese otro mundo de las alturas. Una mítica carretera por ser una de las más altas del mundo, famosa entre los cicloviajeros y motociclistas por su belleza. El recorrerla, el cruzar estas tierras, fué el origen de ese impulso que nos hizo arrancar hacia India, y ahora, finalmente, entrábamos en ella tras salir del Valle de Spity a través de un puerto de montaña, que nos hizo sufrir más de lo esperado, no tanto en la ascensión sino en el descenso: encontrábamos contínuamente riachuelos que aparecen en esta época debido al deshielo y cruzan la pista de lado a lado. Ante ellos, no queda otra que quitarse las zapatillas, arremangarse los pantalones y prepararse a empujar con fuerza, pues, las grandes rocas de río que hay bajo el agua y el peso de las bicis, hacen de esta tarea una agotadora labor, pesada y cansina debido a la considerable cantidad de estas corrientes.

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Resoplábamos ambos de desesperación al ver que de nuevo aparecía otra en el camino…¿qué vamos a hacer? la vida a menudo no es lo que uno quiere sino, lo que es, y lo mejor es aceptarlo como viene y salir del paso.
Si ha habido una constante en la Manali -Leh ha sido la variedad, la cual, nos ha sorprendido a diario con diferentes paisajes que no permitían lugar a lo monótono por los grandes y continuos contrastes.

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Del valle a la montaña y de ahí al primer paso en que ya casi alcanzábamos los 5000 metros y que coronamos mucho mejor de lo que en principio imaginábamos, y así, cruzando el paso «Baracha-La», entramos en la tierra de los lamas y oficialmente cruzamos la cordillera de los Himalayas.
Después llegaron los llanos de Sarchu que obligan ante su presencia al viajero a desencajar la mandíbula y abrir los ojos un poco más de lo normal ante lo inaudito de tal visión. Llanos verdes y extensos que nos hicieron sentir de nuevo en Mongolia y de igual modo, acampamos libres casi a ojos cerrados.
Acampar en estas tierras es fácil, pues es constante el que haya agua, naturaleza es lo que te rodea y las gentes, en el raro caso que anden cerca, son tranquilas y pacíficas. Nada puede pasar, sólo que disfrutes, y así hicimos.
Después más puertos, unos detrás de otros. Algo sorprendente e inesperado ha sido el disfrute a la hora de subirlos.

 

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Realmente en altura hay que volver a aprender a ir en bici pues no tiene comparación con pedalear más abajo. Aquí el oxigeno escasea y eso hace que no sean las piernas las que te dictan el límite, sino la respiración la que regula el esfuerzo. Has de mantenerte atento a ella, consciente y en base a que no se acelere, ajustar el ritmo. Esa es la clave: ritmo.
Respirar, coger el ritmo, y algo importante: parar lo indispensable. Eso es lo que he aprendido: al subir a más de 5000m si uno para el cuerpo recupera si, pero… tras ello, el sólo esfuerzo de montarte de nuevo en la bici y arrancar basta para romper el delicado equilibrio con tu respiración. Esas primeras pedaladas de arranque si ademas son cuesta arriba, provocan tras unos segundos la axfísia, el ahogo, y sólo tras 400m de sufrirlo de verdad, vuelve ese ritmo entre movimiento y respiración, y asi… la calma. Una vez que todo por fín va de nuevo acompasado… ¿quién quiere perderlo? yo no, y ni tan siquiera me la juego poniéndome de pie….nada de parar, continuar, suave, continuar, no parar, seguir, suave, a ritmo… así se pasan los kms de estos puertos que rondan y superan a menudo los 40kms de ascenso contínuo. Así todo se lleva suave y tranquilo, aqui no hay otra forma, aqui, no hay modo de correr.
Aitor puede, el sí se pone de pie y le veo allá arriba salundándo con la mano, dándolo todo también, pero a un ritmo mucho mas alegre y dinámico y es que la genética aquí cuenta mucho y él, parece estar hecho de una madera especial que se adapta perfectamente a la alta montaña. Pedaleamos juntos en la distancia, compartiendo diferentes trazos en un mismo sendero.

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La cima siempre tiene regalos: vistas y satisfacción por haberlo conseguido. Atrás esos momentos en que creías desfallecer, no poder llegar, atrás las miserias e incluso a veces el maldecir y querer tirar la toalla…. ahora… estás arriba. El momento ha quedado atrás, otro más, atrás. Eso enseña la bici y la vida misma, todo acaba, siempre llega un punto en que todo queda atrás y otra realidad viene. En los puertos, esto, es motivo a celebrar.
Las banderas de oración, coloridas y moviéndose al viento son el aviso de la cumbre.

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Según la tradición dicta, han de ser colocadas lo más arriba posible y por supuesto, estos puertos son lo arriba de lo más arriba asi que … ¿dónde mejor?.
Es dura la altitud pero sabrosa, la luz aquí arriba es diferente y los colores son mas puros, el cielo no tiene nada que ver con como se ve en otros lugares dónde hay más oxígeno, el aire, las flores, los animales y la gente que uno encuentra aquí, son totalmente otro mundo.

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Llevar el cuerpo a los límites es lo que hemos estado experimentando en los últimos tiempos, llegando a realmente experimentar eso de «exhausto». El cuerpo literalmente reventado, tan sólo poder hacer un movimiento: el pestañeo. Es como si la fuerza de la gravedad se hubiera incrementado hasta el infinito y todo te pesara mil veces más… incluso beber agua cuesta, tras pegar un par de tragos queda uno jadeando como si hubiera corrido una colina cuesta arriba, a veces resulta incluso cómico. Los lugareños sin embargo caminan como si nada arriba y abajo, siempre tranquilos, con una sonrisa como regalo y a menudo canturreando alguna canción avanzan en estas duras tierras llevando caballos para la venta o cuidando de sus rebaños que pastan en las alturas ahora que el tiempo lo permite.

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En un par de ocasiones debido al mal tiempo hemos dormido en lo que aquí son los únicos puntos de avituallamiento: grandes y blancas tiendas de campaña en las que hay un poco de todo amontonado (galletas, chocolates, bebidas, frutos secos) y dónde te cocinan simple, simple y te ofrecen un colchón en el suelo por un módico precio.
El fin de fiesta no pudo ser mejor. Tras coronar el último puerto y el más alto de todos (Tanglan-La con 5.300 m)nos esperaba el descenso por un valle que podría ser escenario de un cuento. Un arroyo y a ambos lados altísimas paredes de piedra lo acompañaban hasta su desembocadura, allá abajo, en el río Indus. Los colores de las rocas que con increíbles formaciones se alzaban a nuestro lado, variaban del rojo al verde, del azul al morado; aristas, cortes, y ondulaciones rocosas que nos hacían bajar frenando para no perder detalle.
De nuevo el mundo, la tierra y su belleza que fascina, que hechiza y que te vuelve a traer esa sensación de no ser más, que una pequeña parte de ella, una pequeña parte de este todo: la montaña, la nieve, el monasterio, el río , la piedra, el silencio , la nube y nosotros… una pieza más en el puzzle del todo.

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India… un dolor.

«India es un dolor, así la llevo» es como uno de esos dolores que debido a la postura, cuando estás meditando aparece y…. ecuanimidad. Mantenerte a lo tuyo, en el meditar, mientras el dolor desaparece o se trasforma pero, haga lo que haga mantenerse en lo mas importante: no reaccionar a el… tu, a lo tuyo.

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Así describía a la familia en un correo para desahogarme que enviaba en uno de los 12 días de pedaleo que nos ha tomado llegar desde Calcuta hasta Darjeeling. Para nosotros, éste último lugar era lo mismo que una de esas casillas en las que, cuando uno juega al parchis, hacen de «casa» y te mantienen a salvo de que tu vecino, que parece ser el mas suertudo con los dados y te anda pisando los talones mientras te mira de reojo con picara sonrisa, te coma. Cuando los dados sacan el número exacto y la metes alli…. ¡¡aaay, ufff!!…. uno respira tranquilo… sonríes a aquel pícaro… ya nada importa, estas a salvo.

Así exactamente nos sentíamos cuando tomamos la pequeña carretera que nos llevaba a ascender de los 200 a los 2.200m en menos de 80kms y cambiar de país sin pasar ninguna frontera. Es aquí que la india termina y cualquiera que recorra este lugar estará de acuerdo en ello. Comienza la montaña y con ello otra forma de vivir, las gentes que pueblan esta zona son una mezcla de diversas culturas y en su mayor parte son budistas. Nepalíes, descendientes de chinos, tibetanos….. literalmente, otro mundo.

A Aitor le gusta la montaña y con solo verlas aparecer en el horizonte sus ojos comienzan a tener un brillo especial, su sonrisa ya no desaparece del rostro y entusiasmado, acelera el ritmo sin ser consciente de ello, impulsado por las ganas de llegar. Para mí, la sensación es totalmente otra historia cuando veo las cumbres en el horizonte pero esta vez, fué diferente, en esta subida ascendía sintiéndome agraciada, es más, agradecida a esas empinadas cuestas que, sin piedad, nos hacían elevarnos de la llanura Hindú hacia los Himalayas, pero sobre todo, hacia otras gentes, otra cultura, otro modo de entender y de relacionarse que ya, desde los primeros pueblos comenzamos a disfrutar.

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El motivo que nos hizo pedir a la organización del festival de Dubai un cambio en el destino de vuelta era lo que empezábamos a encontrar por fín. Volvimos no al sudeste asiático, sino a Calcuta. Queremos pedalear Sikkim, ese reino perdido en el noreste de India del que tan poco se sabe, tan atrayente nos resulta y tan cerquita está ya. Tras esta zona, el plan es continuar encaramados a esta mágica cordillera de los Himalayas y seguir su curso, de este a oeste, hasta que se nos acabe, hasta que el invierno cierre de nuevo las puertas que ahora, al entrar la primavera se abren y permiten el paso del viajero, a los remotos, puros y misteriosos rincones que allá se extienden.
Los primeros al abrir, los últimos al cerrar: ese es nuestro reto, nuestro sueño, nuestro motivo y nuestra razón de haber sido fuertes y haber mantenido el humor, mientras llevábamos a cabo esa ardua y agria tarea que ha sido pedalear por tierras hindúes.
No es lindo el relato hindú pero os prometo que es sincero y así os lo trasmitimos:
A los que no conocéis india os cuento que las carreteras en este país son un verdadero caos, un terreno en el que aparentemente no hay ley, pues cualquiera puede ir en cualquier dirección, en cualquier momento y parece no ser mucho problema para el resto de los que transitan, pues todos están acostumbrados y lo único que parece importar es abrirse uno mismo camino sin chocar. Para que esto no suceda hay un modo de comunicación y ese, son los pitidos: tocar el claxon es el deporte nacional y un medio de evitar el accidente y todos, todos, lo hacen sonar casi a cada momento. Son tantos los que circulan por las estrechas carreteras que el ruido es constante y a veces se torna casi enloquecedor, la mayor parte de los camiones tienen pintados carteles a mano que te piden: «pita por favor» e incluso llegamos a ver a uno que decía: «pita fuerte».

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Reina una ley, «la del mas fuerte» y en esa jerarquía los de las bicis somos los mas pequeños, los más débiles y eso en la jungla…. ya sabéis que significa. Lo que se espera de ti es que te salgas de la carretera cuando un camión o un bus hacen sonar su estrenduosa bocina, poco más.
Baches, polvo, polución, baches y mas polvo, esquivar y… ¡¡susto!!. Bache, polvo, un nuevo susto y un baño de humo negro de camión recién salido del tubo de escape a cada tanto….. Todo eso y mucho mas, compañeros, es con lo que uno tiene que lidiar cada día, cada momento pedaleando en este país.

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Mientras tanto, en nuestras mentes, como un profundo y secreto tesoro el silencio de las limpias montañas nevadas, visiones de esos parajes solitarios a los que nos dirigimos y eso, eso, da más fuerzas que el arroz y las lentejas, los que han estado siendo la cotidiana comida de cada uno de estos días, pues aunque india es un país de deliciosos platos y variados sabores, fuera de los lugares turísticos las opciones de comida se limitan en extremo.
El trato con los hindúes tampoco es algo fácil y menos siendo mujer. Aunque este es un país hindú, a menudo ambos sentíamos sorprendidos cuánto se asemeja a lo que uno encuentra en la calle en países musulmanes, por ejemplo a Pakistán (estoy hablando, recordar, de esta zona del «Oeste Bengal» que hemos recorrido, India es variadísima entre todos sus estados, tribus y zonas).

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En las zonas rurales y menos turísticas la mujer vive bastante limitada e incluso reprimida, el trato entre hombres y mujeres que no son familia es casi nulo y la idea que tienen de los occidentales, está basada en extrañas historias y lo que han visto en las películas (muchas de ellas ejem…ejem… como decir… digamos…. de altísimo contenido erótico, siendo claros y sinceros: pornográficas, que, para nada dan cuenta de la realidad pero…. ellos… ¡¡se las creen, creen que lo que ven en esas películas sucede en nuestros países!! ) y por lo tanto el respeto que tienen hacia la mujer occidental… esta en relacción a eso…. ¡¡¡imaginaos!!!.

El hecho de ir acompañada por un hombre es de las pocas cosas que hacen que te respeten y se mantengan a raya.
Quizá éste es el único país del mundo en que estamos felices de llegar a puntos turísticos y encontrar allí esas «zonas-burbuja» que hacen de parachoques a los golpes de las diferencias culturales, en las que uno encuentra otros viajeros y se relaja, y se relaciona mucho mas. Observando, veo que la mayor parte de los turistas prefieren relacionarse entre ellos y pasar tiempo en estas zonas, y que ese es el viaje a india: moverse entre lugares de este tipo para encontrarse con otros viajeros…. el resto es el entretanto que, por supuesto tiene su sabor, atractivo y que da chispa al viaje, pero que finalmente….los momentos que aparentemente mas disfrutamos todos, son dentro de estos pequeños ghettos.

Años atrás, en el 2006 Aitor cruzaba la India de Oeste a Este, mas tarde en el 2008 juntos cruzábamos desde Nepal a Pakistán y ambos disfrutábamos de la india pura, del entretanto: nos sentíamos curiosos por lo exótico, lo diferente y nos mostrábamos mucho mas «educaditos» y pacíficos en el trato, nos tragábamos todo lo que nos caía encima así como llegaba….mirando hacia atrás y al ahora, descubro que los años de viaje nos han hecho algo rudos, e incluso duros y intolerantes con determinadas situaciones y actitudes. De nuevo sucede que al volver a un país por segunda o tercera vez, no nos hace descubrir tanto los cambios en el país, sino más bien los nuestros propios. Interesante.

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Hemos pedaleado como os digo, con la motivación de llegar, hemos dormido a diario en pequeños hoteles de carretera en los que por dos duros nos ahorrábamos la difícil, pesada y no muy agradable experiencia de acampar en india, un país donde hasta ahora, solo encontramos hospitalidad en la zona del Punjab años atrás pero… es que los Sicks son otra historia (pinchar aquí para leer la entrada de india en el 2008, en la que contamos un poco aquella experiencia… nada que ver con esta zona y por lo que hemos sabido como norma general por otros ciclistas…. nada que ver con el resto de india donde la hospitalidad brilla por su ausencia).

El comienzo de las plantaciones de té,

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el cambio en los rostros y vestimentas,

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la aparición de templos y las primeras vistas de las altas cumbres del Himalaya,

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nos avisaban que tan solo era cuestión del último empujón, de apretar las piernas y ascender dándolo todo.

Una parte de la familia de Aitor decidió que India era un buen lugar para sincronizarse con nosotros y organizar un encuentro, aprovechando días de vacaciones y los buenos precios del viajar fuera de temporada, y el día 3 febrero, tras haber dejado las bicis y todo el material a buen recaudo en Darjeeling y tras la paliza en tren que supone un viaje de 43 horazas, las recibíamos en el aeropuerto de Delhi dispuestos a recorrer junto a ellas el Rajastán por 15 días.

Aquí estamos, en esta otra india de bigotes largos y coloridos turbantes,

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de camellos y dunas, de bellas mujeres cubiertas de adornos,

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el viajar como turistas por estos lugares nos hace estar algo distanciados de las cosas mas duras que tiene india, pero al mismo tiempo, reafirmarnos en nuestra forma de viaje y vida: a lomos de la bici.

La libertad, independencia, lo barato y lo entretenido, lo directo y vivo de este modo de viaje nos sigue teniendo tan cautivados que de nuevo afirmamos ambos rotundamente: no lo cambiamos por nada.

¿ A Dubai ?… a… dubai…. ¡¡ a Dubai !!.

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Erase que se era un viajero alemán llamado Ralph, uno de esos viajeros de los que quedan pocos porque…en estos tiempos mucha gente viaja pero, contados son los viajeros que sin tiempo, sin rumbo, sin buscar en internet ni llevar gps se adentran en continentes como el africano con su furgoneta y se tira en el 5 años, recorriéndolo sin prisa y saboreándolo al máximo. El encuentro con él en Namibia hace casi 4 años ya, fue corto pero tras el, éste amigo quedó en nuestras memorias como alguien muy especial, y parece que nosotros en la suya también.

Hace un par de semanas recibimos un email suyo, ahora está en la zona de Oman y Emiratos. No sabemos como ni dónde, pero os podemos contar que, como en los cuentos; Ralph conoció uno de esos jeques árabes de túnicas largas y piel bronceada y se hicieron amigos. El jeque resultó ser un enamorado de los viajeros, de la gente que viaja diferente y le invitó a un evento que el mismo había organizado, como cada año: el Dubai Traveller´s Festival ( Festival de Viajeros de Dubai).

El jeque invitó a nuestro amigo a su mansión en el interior del desierto y allí hablaron mucho en uno de sus salones, mientras fumaban sisha y dejaban el tiempo pasar. Aparecieron historias, relatos de mil y un lugares y entre ellos, un par de aventureros que recorren el mundo en bici llamaron la atención del jeque, el cual se acercó a Ralph entusiasmado y le dijo:

– Invítalos, tráelos, no importa dónde estén, yo les invito a venir y a estar en Dubai el tiempo que dure el festival, a cambio de que nos enseñen, nos cuenten sobre esa forma de vida, curiosa que llevan. Quiero conocerles y sentarme con ellos como aquí contigo. ¿Los traeras Ralph?

Y así fue como nuestro amigo nos escribió invitándonos a acudir y formar parte del Festival de Viajeros de Dubai del 2013.

Es por eso que hemos cambiado los planes, el rumbo, y tras una zambullida inolvidable en Camboya (de la que os contaremos en breve) pedaleamos de vuelta a Bangkok desde dónde volaremos a Dubai el dia 1 de Diciembre.

¿Qué nos espera?, ¿qué encontraremos?, curiosos estamos de como será visitar Dubai siendo los invitados de un jeque.

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Thailandia.

 

Fácil, Thailandia ha sido fácil. Buenas carreteras, pueblitos a menudo y por lo tanto comida y agua a mano….no hay que cargar y es tan barato comer fuera y tanta la variedad, que no merece la pena cocinar pues casi, te sale más caro.

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Gentes sencillas y amables que te lo hacen más fácil aún. Calor, eso sí, ese calor húmedo y pegajoso que ya teníamos en Malasia ha continuado acompañándonos a diario, junto a la lluvia pero, respecto a ésta todo se simplifica al saber que los templos (que aquí llaman «Wat») siempre están abiertos y somos bienvenidos.

Ya lo hacía Aitor cuando en el 2007 cruzó ésta parte del mundo y aún no ha cambiado en eso: si te acercas a un templo siempre tienes un techo para resguardarte de las lluvias nocturnas, siempre un baño para refrescarte, agua para cocinar y el 90% de las veces…. un maravilloso extra: ventilador.

Debido al calor hemos simplificado aún más y en vez de montar la tienda, hemos montado la mosquitera, sin más, para aprovechar así cualquier posible movimiento de aire nocturno que alivie el intenso calor, el cuál nos ha hecho pasar largas noches y pesados momentos.

thailandia2013.4A menudo hemos aprovechado las lluvias del día para refrescarnos, no hay nada mejor que eso…. ¡¡un baño en marcha!!. Estas lluvias tropicales no se andan con chiquitas, desde el momento en que comienzan hasta que quedas empapado como si hubieras caído en una piscina, pasan contados minutos.

Empaparse pedaleando por una solitaria carretera en el medio de la selva es una experiencia mágica, te hace sentir en comunión con lo que te rodea, unido a ese todo, a las plantas y árboles que tampoco corren a resguardarse del chaparrón, sino que lo celebran y absorben, a las ranas que parecen cantar el «que llueva, que llueva….» y a esa lluvia que monzónica parece reír a carcajadas y alegrarse al verte empapado, dejándote mojar, saboreándola.

El echo de pedalear con María y Zigor nos ha hecho reír, pasarlo bien y aprender mucho. El ser más para decidir, tener distintas costumbres y formas de hacer, enseña a ceder y flexibilizarse, aceptar y compartir, esperar y adaptarse, desarrollar la empatía y escuchar. Puedes crecer mucho a través de otros si olvidas el juzgar y los miras como un reflejo de ti mismo.

Confuccio decía:»Cuándo veáis a un hombre sabio, pensad en igualar sus virtudes. Cuándo veáis un hombre desprovisto de virtud, examinaos vosotros mismos.»

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Así hemos andado los cuatro, aprendiendo de la intensa convivencia que supone el viajar juntos de ésta forma.

El ser 4 supone también (como hemos descubierto) que la gente se acerque menos, te inviten menos, se abran menos… se quedan más distantes al ver al grupo y eso hace que uno no se entere tanto de la realidad del país aunque, algunas cosas son obvias, como el cambio de religión: de los musulmanes malayos a los budistas thailandeses.

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Zigor, que se entera de todo y es profesional en buscar información, nos decía que este tipo de budismo de acá (Theravada) es el más conservador, y que es tradición al igual que en Birmania, que todo hombre al menos una vez en su vida, experimente por unos días la vida de un monje. Resulta curioso e interesante, sobre todo viendo que en muchos otros países lo que se hace y se tiene por costumbre es llevar la vida de un militar.

Los monjes viven de la caridad, comen dos veces al día y salen muy temprano en la mañana, al amanecer, después de meditar thailandia2013.3

a recoger la comida que la gente les da. Los ves caminar descalzos a los lados de la carretera, con una especial tranquilidad y harmonía. Meditan y aprenden algo que más que una religión (tal y como lo entendemos en occidente) es una filosofía.

Parece que a los thailandeses les encanta apostar y algo más….las luchas.

Una mezcla que les hace celebrar todo tipo de curiosos campeonatos de pelea que van desde el conocido Thaiboxing y las peleas de gallos tan típicas y, (os podemos asegurar) cotidianas,thailandia2013m2 hasta algo que nos dejó con la boca abierta: peleas de toros y ¡¡agarraos!!… de peces. Sí, éstas últimas no las llegamos a ver pues según nos dijeron…son cosas de niños, los mayores son más serios y prefieren en las que hay algo de sangre.

En Thailandia, según también nos contaron, la industria está creciendo mucho en los últimos años y junto a ella la alfabetización y la calidad de vida. Viven en su mayor parte del cultivo de arroz y la pesca, algo de agriculturathailandia2013.6

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y la producción de látex. Éste proviene de la salvia de un árbol (la Hevea) al cual cortan y sacan el jugo que se solidifica y se convierte en una especie de plastilina blanca, la cual, después de pasar por planchas, se transforma en una especies de esterillas de goma que parecen ser el producto final. Éste es el monocultivo Thailandés, aquí el cultivo para el aceite de palma del que os hablábamos en Malasia, apenas existe.

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El cambio de países siempre trae novedades pero en el sudeste asiático hemos sentido, por debajo de las diferencias superficiales, una continuidad que debido a estar unida con el echo de ser todo tan fácil y sencillo, tan previsible y sin ningún tipo de incertidumbre, se nos ha comenzado a hacer monótono, algo así como empalagoso: como el que tiene una tarta muy rica y deliciosa…. tomas un trozo y te sabe a gloria, e incluso el segundo pedazo puede tener su encanto pero más…por muy rico que esté…. empalaga, crea indigestión.

Miramos alrededor al pedalear y nos vemos en playas de ensueño,thailandia2013.2

en paisajes bucólicos que evocan paz y relax,thailandia2013.12

pero el interior nos pide fiesta. No vivimos estresados ni necesitamos relax… éste va intrínseco en esta forma de vida que, activa a más no poder, cansa pero no estresa. No te hace sentir necesitar unas vacaciones.

Hemos comenzado a tener un anhelo de ese sentirte vivo a tope que Aitor, rememora cuando me vuelve a contar aquel recorrer en solitario la selva Mayombe en Congo, ese darlo todo para avanzar en medio de la naturaleza salvaje.

La vida fácil se nos hace difícil…. ¿curioso verdad?.

La recta final de Thailandia nos trajo un nuevo comienzo. Tras cruzar juntos la prueba que supone pasar una enorme ciudad

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en bicicleta, nos separamos de María y Zigor.

A partir de aquí, nuestros caminos, aunque muy parecidos, llevan ritmos y rumbos diferentes, y debido a ello hemos de decir adiós. No sin antes decir gracias, por todo y volver a ese pedalear en pareja, a menos palabras, a más silencios.

Un nuevo amanecer, un nuevo ciclo.

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Tibet y ….

Re-encontrar a viejos amigos es siempre un regalo, una alegría para el alma que con placer y entusiasmo se acelera y parece colmada de dicha de repente al encontrar de nuevo ese rostro, esa mirada, esa voz. Fue toda una fiesta re-encontrar a Maria, Zigor e Ibon. Entre abrazos y risas celebrábamos el comienzo de una aventura en conjunto, hace un par de meses habíamos planeado y calculado con María y Zigor el encuentro para pedalear juntos tierras tibetanas, esta pareja de amigos, llegaban con sus bicis desde Kazajastán. Hace algo mas de un año comenzaron el pedaleo en Algeciras y desde entonces, andábamos con ganas de encontrarlos y compartir con ellos esta forma de vida que tenemos en común. Ibon, un antiguo amigo de Aitor llegaba en avión dispuesto a pasar su mes de vacaciones saboreando este «velo-nomadismo» que tenemos como forma de vida, curioso y con muchas ganas, él fue el primero en llegar al hostal de Xinning que habíamos tomado como punto de reunión traía con el cosillas de la familia y además un añadido, la ropa que Ternua (nuestro sponsor) nos enviaba. Una ayuda enorme tener este apoyo pues prendas de calidad son la base indispensable para poder llevar con alegría cosas como: temperaturas extremas y todo lo que implica una vida como la nuestra.

 El encuentro fue toda una fiesta y tras organizarlo todo, salimos un día después de lo pensado debido a la lluvia la cual, en los primeros días nos tuvo a su merced. Resueltos a llevar a cabo la aventura de acercarnos al máximo a tierras tibetanas y empaparnos de todo lo relacionado con este recóndito país, dieron comienzo los días de pedaleo compartido.

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China quedaba atrás y poco a poco podíamos observar cada vez en más detalles que estas tierras ya eran otras, ascendíamos en altura y todo se volvía más verde, al tiempo que menos poblado, comenzaban a aparecer las primeras estupas budistas y los rasgos, las vestimentas y las formas de hacer y ser de los que nos rodeaban, ya poco tenían que ver con la china que conocíamos.

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Lo que quizá a la vista llamaba más la atención del cambio eran las banderas de oración budistas que coloridas ondeaban al viento expandiendo a través de éste los buenos deseos que en ellas están impresos…¡¡ por fin tierras tibetanas!!.

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Esta zona del Tibet se rindió a la invasión china y debido a ello, el control militar y policial (aunque es mucho más que en otras áreas chinas) es menor y los extranjeros podemos recorrer libres y sin restricciones (aparentes) esta tierras. Unos kilómetros más al oeste todo cambia. El plan era descender por esta zona hasta Laos. En los tres meses que podíamos conseguir con las extensiones de visado, teníamos el tiempo justo pero suficiente para recorrer el altiplano y descender después a las zonas más tropicales del sur de china, Yunan.

Según se sucedían los días y pasaban los kilómetros nos adentrábamos más en ese otro mundo con que tanto habíamos soñado: el altiplano tibetano.

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Después de la dureza de Mongolia y con tanto que contarnos unos a otros, los días de pedaleo se reducían a la mitad de lo pensado, los desayunos y comidas se alargaban charlando tranquilos, mas paradas, mas tranquilos, mas suave, parar antes y salir después…. lo que iba a ser casi un reto se convirtió por si solo en unas vacaciones de las rutinas del pedaleo, del hacer muchos kilómetros.

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El hecho de pasar por estas tierras en verano nos hizo coincidir con multitud de festivales, comidas y celebraciones en las que parábamos a cotillear, mezclarnos y disfrutar con ellos del buen tiempo, del verano que en las tierras altas es algo para celebrar, un tiempo para relajarse y disfrutar y así hicimos nosotros también.

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No podíamos creer que ya hubiera pasado casi un mes desde que nos encontramos en Xinning, los días habían pasado veloces mientras nosotros pedaleábamos tranquilos y llegó el momento de dejar las bicis en un pequeño pueblo del altiplano, para bajar a la gran ciudad a hacer la primera extensión de visado que nos permitiría volver a retomar las bicis y continuar esta incursión en las alturas. La siguiente parte sería la más dura de los tres meses que nos iba a tomar llegar a la frontera con Laos y andábamos con ganas de un reto, de empezar a darle a las piernas y juntos cruzar los altos puertos que nos esperaban, las bellas tierras que sabíamos teníamos al frente, iba a ser duro pero seguro que al tiempo gratificante.

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El viaje, es algo que uno decide en principio pero a veces parece tomar vida y rebelarse contra aquel que lo trazó y replegándose en si mismo, se reinventa y parece que de repente fuese el, el viaje el que te llevara a ti, el que te indicase por donde y cómo sin permitirte tomar parte ni decir más que «si, de acuerdo….que le vamos a hacer» mientras continuas avanzando hacia donde no te queda otro remedio que ir.

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Algo así nos sucedió….. os cuento:

En la oficina nos informaron que el gobierno, desde el 1 de Julio había modificado la ley de inmigración y turismo la cual ahora, restringía aún más el tiempo de permanencia y condiciones de los extranjeros en el país, y que sintiéndolo mucho, nos daban un mes más del cual 9 días tendríamos que estar allí esperando a que se procesase la extensión y que además ese sería el último, pues, a partir del cambio lo de extender tu visado por dos meses era una utopía: un mes y punto.

Eso echaba todos nuestros planes por tierra pues necesitábamos una segunda extensión para poder llegar a la frontera con Laos, sino era imposible pero, la negativa era rotunda.

Fue entonces que decidimos irnos a Hong Kong pues es allí donde más fácilmente se consiguen visados chinos de largo tiempo y donde quizá pudiéramos conseguir una visa rápida y barata. No había mucha mas opción que esa y tomamos al día siguiente un tren que tras 46 horas de viaje nos llevó a la frontera. Entrar en Hong Kong no tiene secreto ni problema y con un sello y sin preguntas de ningún tipo ya estábamos dentro de lo que resultó ser, el centro de compras y negocios más grande que nunca vimos.

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Altas torres, altísimos rascacielos en una ciudad en que para mirar al horizonte uno tiene que elevar la vista al cielo. Demasiada ciudad y gentío para nosotros pero, en un día todo estaría hecho y andaríamos de vuelta o eso creíamos en un principio.

Todo anduvo suave como la seda y aparentó harmonioso hasta el momento en que nos cayó la noticia: los chinos daban el visado a Maria y Zigor pero a Aitor y a mí, nos lo negaban alegando que nos consideraban sospechos de haber hecho algo ilegal en china…..

¡¡¡¡¡¡…….!!!!!!!                                       no dábamos crédito a lo que oíamos                                ¡¡¡¡¡¡¡………..!!!!!!!!

                                                                                          ¿queeeeeee?

¿sospechosos?, ¿nosotros?, ¿de qué?, ¿porqué?… ¿cómo? y… ¿entonces?, pero…¡ no puede ser!… ¿queee?,¿sospechosos?, ¿nosotros?, ¿de qué?, ¿que diiicen?…..(y Aitor: “la ooostia”)

todas nuestras preguntas finalmente tuvieron respuesta: nos consideraban sospechosos por haber pasado dos meses en china anteriormente. El problema aparente no eran tanto los dos meses sino el lugar: la provincia de Xinjian (todo lo que recorrimos desde Kyrgyzstan hasta llegar a Mongolia), es decir un área políticamente problemática (podéis ver la entrada en la que explicamos un poco sobre la zona). El simple hecho de haber estado allí dos meses nos convierte en sospechosos y parecía ser motivo suficiente para que nos denegaran el visado.

Así fué que nos encontramos en Hong Kong, sin posibilidad ninguna de entrar de nuevo en china, lugar donde estaban nuestras bicis y todo lo que llevamos. ¿Y….. ahora que?

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¿que? pues…. que de nuevo tenemos suerte, María y Zigor estaban con nosotros y a ellos, si les dieron el visado pues no habían recorrido esa zona calificada de «sensible» por los chinos. El plan C no tardó en activarse y tras un buen puñado de horas frente al ordenador mirando opciones, vuelos, paises, temporadas de lluvias….. compramos un billete de avión al destino más barato: Kuala Lumpur (la capital de Malasia) lugar desde el que os escribimos.

María y Zigor decidieron sacrificar su visado y la oportunidad de pedalear el resto del Tibet y renunciando a ello, salvarnos el pellejo. Hicieron maravillas, malabares para viajar con las 4 bicicletas y tooooodos los kilos de bultos que llevamos entre todos (unos 216 en total) tras negociaciones, largas esperas y un sin fin de obstáculos, consiguieron traer todo a salvo y colorín colorado…. el cuento chino ha terminado.

Si, gente, aquí estamos…. de repente de un salto en el sur del sudeste asiático, a más de 4.000kms de dónde teníamos planeado estar.

Si una cosa hay que hacer para poder viajar por el mundo es flexibilizarse, no empeñarse en que todo sea como uno quiere y permitir que sea cuando nada puedes cambiar y aceptar con alegría lo que viene, de otro modo…. estás apañao.

Tibet fue un dulce, sabroso, delicioso caramelo que duró tan solo segundos en nuestro paladar y que de un momento a otro, se volatilizó dejándonos tan sorprendidos como con ganas de más.

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Con la cabeza gacha y aún haciéndonos al cambio estamos, con el mapa delante reinventando el viaje, dispuestos a pedalear, a pasar pagina y disfrutar del trópico aunque para ello antes, hemos de terminar de adaptarnos al pegajoso calor tropical, a los mosquitos de nuevo pero….. entre papaya y mango…. todo se hace más llevadero.

El viaje ha cambiado de dirección y ahora subimos hacia el norte: Thailandia , Camboya y Laos son los próximos destinos y la ruta….. por si sola se irá formando pues en esta esquina tropical del mundo, viajar es bastante mas sencillo.

Mongolia… un sueño

El retorno a la estepa ha sido como zambullirse en el interior de un sueño.
Las lluvias, para cuando volvimos al punto en que las bicis descansaban esperando a que volviéramos con la extensión de visado en el bolsillo, habían trasformado el paisaje: esas tierras secas ahora eran las verdes praderas que tanto habíamos añorado en la primera parte de pedaleo en el país.

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El agua de las tormentas que caen ahora a diario, ha traído la abundancia, los verdes y la multitud de pequeñas flores amarillas, blancas y moradas que lo salpican todo como estrellas en el cielo.
La primeras sensaciones de la vuelta a la bici, tras los días en la ciudad: plenitud y alegría. Tanta que en un momento no pude ya reprimir el impulso que me hizo saltar de la bici y bailar, mientras Aitor sonriente se acercaba terminando su ascenso en la cuesta con los ojos llenos de luz. Ambos sentíamos lo mismo.

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Los días de burocracia nos habían dejado con tan solo 17 días de pedaleo y por ello decidimos que renunciaríamos a ese «todo en bici» al que tanto nos aferramos y aprovecharíamos las jornadas para recorrer la mayor parte del norte del que fuésemos capaces; hasta el límite de los días que teníamos de visado. El nuevo plan era salir de Mongolia en tren saltándonos el desierto del Gobi que ocupa la parte sur.  Así nos colmaríamos de norte.
Hemos recorrido la Mongolia soñada, la que veníamos buscando y anhelando encontrar.

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Subimos al lago Khovskol y aprovechando los 100kms de asfalto y la fortaleza que han cogido nuestras piernas de tanta pista y repecho, llegamos antes de lo esperado por lo que decidimos parar allí un día. El plan, tomar esta segunda ronda de pedaleo en el país para disfrutarlo sin la presión de tener que hacer un número de kms determinado al día, pues con la nueva visa en el bolsillo ya no cabía la prisa en nuestra agenda.

Tras salir del lago tomamos un sendero que atraviesa las montañas y que apenas los mongoles conocen: una pista remota y estrecha que atraviesa zonas montañosas en las que la estepa verde paso a ser zona de árboles y bosque, ríos, sí, en los que finalmente encontramos agua y fué tanta, y fueron tantos, que tuvimos por días los pies arrugados como pasas de tanto cruzar fríos caudales que aparecían a cada pocos kms en nuestro camino.

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El agua ha marcado esta última parte: el lago, los ríos y….. la lluvia. Esta nos complicó los días y el pedaleo.

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Aún el tiempo está frío en el norte del país y uno no puede permitir mojarse demasiado como cuando hace calor y nada importa, además, con las primeras lluvias descubrimos que la tienda de campaña tiene las costuras tan forzadas de resistir los fortísimos vientos que la han azotado en el desierto chino y el oeste mongol, que ahora el agua entra por todas partes. Un enorme plástico que colocamos bajo la capa impermeable, hace que el agua escurra sobre éste y baje al suelo manteniéndonos sequitos en el interior de las tienda, felices y tranquilos por mucho que llueva fuera.

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De nuevo pedaleamos con esa sensación de habernos metido en un juego electrónico de esos, en que el personaje tiene que ir pasando pantallas y superando pruebas que van variando a cada tanto, cada vez un nuevo adversario que te hace desarrollar nuevas artes y tácticas para vencer este duelo que, en tierras tan extremas, supone el avanzar. De nuevo reíamos con eso de: «en Mongolia todo es extremo» y es que, si hay arena…. te hundes, si hay viento…. es huracanado, si sale el sol de detrás de la nube…. achicharra, llega hasta a doler de tan intenso pero ojo, que si vuelve la nube y lo cubre…. has de sacar la chaqueta por que te hielas de frío. Ahora que comienza la época de tormentas…. jarrea con fuerza y los truenos y relámpagos te llegan a poner los pelos de punta en momentos. En éstos días, si miras a tu alrededor puedes divisar no una, sino varias tempestades desatando su furia aquí o allá. Mezcladas con las nubes blancas y las zonas de cielo azulado, las negras nubes forman una fascinante visión que a cada segundo cambia y se trasforma, una visión en la que uno podría quedarse observante por horas.

Así continuamos recorriendo la zona norte en la que tras los bosques, volvimos a una bellísima zona en que éste y la estepa se alternan formando parajes tan bellos que te hacen olvidar el sufrimiento, la dureza, y lo duro que es el recorrerlos. Los nómadas en esta zona tienen enormes rebaños los cuales normalmente andan acompañados por un adolescente o niño a caballo y éstos junto a las águilas han sido nuestros compañeros de vida, de camino. Los encuentros en estas tierras tan poco pobladas son escasos pero los ha seguido habiendo a menudo pues, la enorme curiosidad mongola los hace no poder resistirse a acercarse cuando, a través del pequeño catalejo que todos usan para vigilar el ganado nos ven parados en algún lugar. Curiosos como son, hasta la médula, se aproximan con esa calma y tranquilidad que caracteriza a la gente que no vive subordinada a un reloj; bajan del caballo o de la moto tan pronto como ven que tu les saludas (si no lo haces se mantienen montados y normalmente algo distantes) e hincan la rodilla en el suelo sentándose sobre el talón y se mantienen callados, tranquilos, sin más. Los encuentros cada vez, están caracterizados por algo muy Mongol: la broma y la risa. Si no se necesita un mismo idioma para comunicarse, aún es menos necesario para reírse juntos.

Con un ojo en la pista (que no permite el despistarse ni un segundo) y otro en el cielo para que la tormenta no nos pille por sorpresa, proseguimos.

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En el día cuando la tormenta comIenza, aguantamos al límite. La «señal» de parar es el momento en que la chaqueta de la lluvia comienza a escurrir en plan chorro a las mallas, a las piernas, y éstas comienzan a tomar demasiada humedad, entonces, así como una danza en que todos lo movimientos fluyen entre la pareja sincronizada, paramos. El saco trasero va al suelo al tiempo que lo secamos, las bicis en el lado del viento y, cogiendo uno de cada lado otro plástico de unos 2x2m,nos semienrrollamos uno por cada lado sentándonos al tiempo sobre el saco convirtiéndonos al agacharnos en una gran pelota negra donde, protegidos y calentitos como en el útero materno no cabe mas que…. esperar.

A veces eso ha sido lo más difícil, mantenernos ahí encogidos, agachados, esperando en silencio pues curiosamente estos han sido momentos en que nunca hablábamos. Nos limitábamos a estar, a escuchar…. el golpear de la lluvia contra el plástico… A cada tanto, cuando la lluvia iba remitiendo, abríamos un agujerito para ver fuera como el cielo volvía a abrirse azul, cubriéndolo todo de nuevo y, a tan solo unos metros ahora el sol, volvía a calentar fuerte, ahora más cerca, y, una vez nos alcanzaba era el momento de arrancar de nuevo (no sin antes secar el plástico dejándolo así preparado por si en otra media hora nuevos relámpagos y truenos volvían a avisar que un nuevo chaparrón se avecina).

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No es fácil hacer la vida normal cuando tienes la amenaza del chaparrón casi continua en el cielo pero, de nuevo hemos sido testigos a través de la experiencia propia, de como el ser humano es un ser de costumbres y que a todo, todo, nos hacemos una vez lo «normalizamos». Una vez pasan los primeros días de adaptación a ello y se acepta que eso es lo que hay; uno es capaz de llevar todo.

Así hemos llevado la dureza y lo extremo de estas tierras con calma y sin negatividades, más bien neutros, aceptando sin más para poder seguir disfrutando de todo lo que por otro lado, estábamos recibiendo como regalo por ser capaces de sobrellevar la dureza.

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Aitor ha tenido bastante trabajo en este último mes y gracias a su enorme capacidad de inventar y crear soluciones con escasos medios, hemos salido del paso. Sus alforjas delanteras y la mía trasera nos dieron problemas que solucionó con unos agujeros y un par de tornillos; el hornillo también nos pegó un buen susto pues dejó de funcionar totalmente y eso, en este lugar supone un verdadero problema pues a parte de no haber apenas pueblos, en éstos es muy limitado lo que se puede conseguir y aunque hubiéramos podido continuar a base de latas de pescado, queso duro y pan, ese hubiera sido el menú, desayuno, comida y cena, de no ser por su arranque a inventar, que lo llevó a solucionar el problema (tras horas de darle y darle) con un cable de freno (que uso como escobilla) y la bomba de la bici con la que dando presión en el interior de la zona bloqueada consiguió sacar lo que la tenia cerrada, pero, el más increíble de todos los inventos-arreglos, fue el que se le ocurrió cuando a tan solo 3 días de pedaleo de Ullan Bator y a tan solo 60 del asfalto. Mi rueda delantera reventó; la llanta delantera se rajó en unos 50cms y saltó de la rueda hacia fuera quedando la cubierta totalmente suelta y haciendo explotar la cámara…. ante esto…. en el 99% de los casos la solución supone tener que tomar un transporte (el cual hay que encontrar primero en estas remotas tierras) hasta la capital: único lugar donde se puede encontrar una tienda con ruedas de bici y cambiarla, pues no hay forma de reparar la llanta rota.
Como suele suceder con las grandes ideas, fue cuando dejó de darle vueltas (y ya en lo que pensábamos era en como hacer para conseguir llegar a la capital estando…. en el medio de la nada) que apareció el posible apaño en su mente y decidió probarlo así como el que prueba una locura y …. ¡¡ dio resultado!!….. realmente no dábamos crédito al estar pedaleando de nuevo, a que pasaban los kms y la rueda seguía aguantando (a esto solo se le puede añadir una foto para poder entender el arreglo).

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Quienes nos encontraron en estos tres últimos días de pedaleo hasta la capital no podían creer el estado de mi rueda y quedaban admirados de la asombrosa solución.
Llegamos a la capital con el tiempo justo de visado para tomar el tren, salir del país, y con un gusto en el paladar de «sabor a poco» y ganas de más, fuimos testigos de como todo se acababa y, Mongolia, se quedaba atrás.

Testigos de nuevo del eterno y constante cambio que la vida es, que no permite a veces terminar de saborear, cuando algo nuevo trasforma el gusto, para, volver a trasformarlo una vez, y otra, y así constantemente…. cambiando con el cambio, adaptándonos a lo nuevo que viene: la ciudad y las prisas, los pitidos y al asfalto, coger el tren y alejarse de estas tierras en las que el alma nos pide quedar.

Aún con la estepa dentro, inundando nuestro interior con su silencio. La estepa y el cielo, el cielo y la estepa, los caminos que tomar y… un águila a cada tanto ….. todo eso somos ahora, aquí dentro.