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Indonesia, la tierra prometida.

La llegada a Sumatra fue de lo más chistosa.

Como no tenemos apenas experiencia en volar con las bicis, las habíamos desmontado y metido en cajas de cartón como mandan los cánones (más tarde encontraríamos una forma más sencilla y menos trabajosa pero… sigamos por dónde íbamos, eso es otra historia) por lo que, al aterrizar en Sumatra teníamos que armar todo de nuevo en el mismo aeropuerto para poder arrancar a pedalear. Sabíamos que iba a hacer un calor de tres pares de narices y que si el aeropuerto era pequeño, podía tocarnos hacer todo el trabajo de montar las bicis y rehacer  las alforjas …  al sol.

Decidimos echarle cara al asunto y como no le hacíamos ningún mal a nadie y el aeropuerto era lo suficientemente grande como para no dar mucho el cante, nos hicimos los locos y dentro, allí mismo, abrimos las cajas, sacamos las herramientas  y nos pusimos manos a la obra, eso sí, con A/C, a la sombra y tranquilitos. Todo un regalo.

Nadie dijo nada, much@s pasaban y se reían, o se quedaban así como entre asustados y confusos  por lo inesperado y estrafalario de la escena.

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Llevábamos tiempo echando más y más cubos de esperanza, entusiasmo y expectación  a la montaña de ilusiones que ya habíamos construido en torno a la idea de pedalear Indonesia. Esperábamos de algún modo África: poblados, tribus, un lugar de esos en que uno siente haber retrocedido en el tiempo.

Las expectativas como ya bien sabemos por pura experiencia, no son más que obstáculos, inconvenientes, lastres que la mente construye y alimenta aún a sabiendas de que son ellas las causantes de la frustración. Un gran error por nuestra parte que nos trajo un gran chasco.

Lo que encontramos al salir del aeropuerto y  entrar en Medan, la capital, no difería apenas en nada con el sudeste asiático que dejábamos atrás. Un país muy desarrollado, con muchas facilidades y ni rastro de esa aventura en lo desconocido y remoto a la que veníamos dispuestos.

Tráfico, polución… nos recordaba a India, una India asiática y empezamos a hacernos teorías de porque el nombre de “Indo-nesia”.

Los primeros días fueron del todo insípidos, avanzábamos  por avanzar, porque…  habíamos llegado, porque… estábamos ya aquí y poco más. Pedaleábamos haciendo caso obvio al tráfico, a la extrema y desorbitada expectación que generábamos  por ser extranjeros y a una forma de trato por parte de la gente, con la que no terminábamos de resonar ni de sentirnos a gusto.

Así fue cómo y porqué Sumatra en un principio se nos atragantó.

Día a día, se nos quedaba enganchada en las anginas, como cuando se tiene una espina de pescado de esas finas que no ahogan pero que, a cada trago la sientes, ahí, clavada.

Seguimos pedaleando sin perder la esperanza, sin generar juicios ni proclamar verdades, abiertos.

En una parada a tomar té, nos sinceramos y contándonos descubrimos que ambos sentíamos lo mismo, esto…. aburre. Más sudeste asiático.

El llegar al Lago Toba fue el primer respiro, el primer cambio, el primer saborcito rico.

Un lago dentro del cráter de un antiguo volcán, y en el centro del lago una isla.

Allí cruzamos en un pequeño barco y ya desde el mismo momento en que arrancábamos a pedalear, sentimos ambos como otra energía sin duda diferente, otra clara sensación  lo empapaba todo. Otra realidad.

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Un bucólico lugar de gentes tranquilas, de casas de lo más pintorescas que además, resulto ser  barato. Una habitación con baño al borde mismo del lago, tranquila y amplia: perfecto para el primer descanso en Indonesia,  para olvidar el tráfico y también las expectativas, resetear, vaciarnos y así, estar preparados para poder tomar lo que viniera más adelante, fuese lo que fuese.

Después del descanso empezaron las sorpresas y estas fueron de buenas a mejores: la gente y su trato, el tráfico e incluso la selva que nos rodeaba, ¡¡todo era diferente!! .

Bellos rincones y selva, mucha selva, bella y con tal abundancia que entrar en ella, vivir su interior era duro, a veces casi imposible pero, tan solo con atravesarla, con observarla desde la carretera podíamos sentir la recarga, la energía, tan solo con tomar algo de tiempo para mirarla, claramente, llegaba algo de vuelta.

Café, café y más café pero además del rico. De pueblo a pueblo te hacían notar el toque diferente que tiene el de esta nueva zona o, el olor del de aquella. Rico y baratillo, lo hacen como antiguamente, de puchero o simplemente tipo colacao, con el café ya en el vaso y un chorro de agua hirviendo, remover y reposar….mmmm…. que rico y que gustazo.

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Nasi Goreng (arroz con un huevo frito y algo de especias), Tofu y Temphe: las comidas más típicas y cotidianas. Íbamos de lo uno a lo otro y de vuelta a lo uno de nuevo, poca opción aparte de esto hay fuera de los puntos turísticos. Rico y baratillo, sano y con bastantes calorías para seguir tirando y tirando a pesar de las cuestas, esas, también comenzaron a ser rutina. Ya sabíamos por otros cicloviajeros de las empinadas pendientes de esta isla y al no pillarnos de sorpresa, las pudimos disfrutar con sufrimiento si, pero con alegría también.

Además flores, flores y una gran abundancia de agua. Agua a raudales:

Es impresionante ver cómo van de llenos aquí los ríos, no recuerdo haber visto nunca antes un país en que fueran así, todos  hasta arriba, apunto de rebosar.

Impresionante observar como esas enormes masas de agua  avanzan, observar cómo van creando, generando toda esta abundancia a su paso: abundancia de agua, de vida a borbotones, selva que crece como una explosión, maravilloso, impresionante.

El agua y el calor son  los protagonistas de los trópicos: agua que corre y que nutre, agua que hemos de beber como auténticos camellos debido al calor y a tanto sudar, de la mañana a la noche, hagas lo que hagas… aunque no hagas nada, siempre sudando a chorros. Agua a modo de humedad intensa en el ambiente, agua que cae del cielo en tromba, lluvia monzónica debió ser el diluvio universal, sin duda.

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Y calor, el calor del trópico….ufff, es un calor pesado que se te pega como un chicle a un zapato y no te suelta, ni te deja realmente descansar a no ser que te pongas bajo un ventilador o un chorro de aire acondicionado.

Éste, el calor, ha sido lo más difícil, sobre todo el nocturno. El no poder dormir hasta bien avanzada la noche, el estar sudando sobre la sábana sin saber ya de qué lado ponerte y, tras haber pasado todo el día pedaleando bajo el sol, el calor nocturno sobra, incomoda, no nos permite relajarnos, tampoco descansar. Cuando a veces nos hemos permitido el lujo de coger una habitación con aire acondicionado, algo que siempre se ha repetido ha sido el dormir, como troncos, como lirones, horas y horas y horas…. con todo lo que llevamos en las alforjas extendido por la habitación para que mientras nosotros descansamos por fin, profundamente, el aire seque la humedad que todas las cosas van absorbiendo con el paso de los días.

También contaros que ha habido algo que ha facilitado las noches y esas han sido las estaciones de policía, sí.

Ya otros ciclistas nos habían contado que en Sumatra, al estar superpoblado, no haber apenas hoteles y tener tanta selva, la mayoría habían optado por cruzarlo durmiendo en las comisarías y, quisimos probar.

A Aitor en un principio no le gustó nada la idea, su religión no se lo permite pero,  fue tan fácil, fuimos tan amablemente recibidos y nos simplificaba y abarataba tanto el día a día, que nos hicimos adictos. Nos llevamos un montón de buenos recuerdos, de risas y charlas.

Normalmente tenían una sala, oficina, zona techada o incluso una habitación propia que nos cedían y tras un rato de charlita y beber algo juntos, se ponían a lo suyo, respetaban al extremo el tema de la privacidad. La noche más curiosa y que merece la pena mención, fue cuando nos dijeron que la comisaria era tan pequeña que no tenían un lugar en que pudiéramos dormir pero que, como ese día no había ningún detenido, podíamos dormir en la celda y… así hicimos. Pasamos la noche enchironaos pero eso sí, con la puerta de abierta.

SAMSUNG CSC

Mañanas de “gorilas en la niebla”, niebla que hace parecer un sueño las montañas…. entrelazada en los árboles, descansando en las laderas, un espectáculo enmudecedor al que asistíamos en primera línea, también inolvidable fue la aparición del Kerinci.

Un volcán activo de 3800m de altura que apareció allá al frente, como un espejismo, humeante, vivo.

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Parecía observarnos en la continua y larrrrrga ascensión que se nos hizo eterna. Fue sin duda alguna, lo más duro de Sumatra.

Lo empinado de las cuestas, la inclinación de los repechos era tal que nos hacían pensar de continuo….  ”Bueno, después de este… ya tiene que venir un poco de llano, o quizá la cumbre, éstos son repechos de cumbre” pero… lo que había era otro y después otro, y así por muchos, muchos kms en los que nos quedamos sin nada para echarnos a la boca, pues no habíamos ni imaginado que sería tan larga y ni tan dura y no llevábamos comida suficiente.

Se hacía tarde, si parábamos a cocinar nos caería la noche en medio de la ascensión y queríamos terminar, no había ganas de tener que acampar en una curva, tras algún matorral…. Ya que estábamos en ello, lo queríamos rematar.

Llegamos al final de la ascensión con la noche asomando, cansados, hambrientos y satisfechos. Un pequeñísimo pueblo, un grupito de casas y una mezquita, preguntamos por un sitio para acampar y amablemente un hombrecillo de ojos brillantes y bella sonrisa nos ofreció una casa que estaba terminando de construir para pasar la noche:

-¡¡Toda para vosotros!! No acampéis, estamos altos y hará frío. Mañana si os quedáis un poco os llevo a las cascadas que tenemos a unos cientos de metros del pueblo, tenéis que verlas no hay nada igual.

Por supuesto, accedimos y si, verdaderamente hacía mucho tiempo que no veíamos un lugar tan mágico como ese rinconcito al que descendimos por unas largas escaleras rodeadas de verde, de musgo, de flores,  plantas y bellas mariposas. Una enorme cascada que brotaba mágicamente de la tierra y caía a borbotones , se perdía ante nuestros ojos al tiempo que con los rayos de sol que penetraban entre la vegetación nos regalaban un montón de pequeños arco-iris suspendidos en el espacio, aquí y allá.

-Un regalo amigo, no lo olvidaremos, no te olvidaremos, gracias de verdad.

Y como siempre …. marchar, seguir, es la vida del nómada, la dolorosa rutina que sucede a cada encuentro: la despedida.

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Planeamos la ruta de tal manera que recorreríamos los 2.500kms que tiene la isla, por montaña, añadimos  algún rodeo con el fin de esquivar en lo máximo posible las plantaciones de palma. Son tan extensas y se están comiendo la selva de tal modo que aun así tuvimos que pedalear por unos 300kms entre ella.

Belleza tétrica la de la palma, a los pies de la que nada crece, pareciera un cementerio, vivo pero… cementerio. La palma que se planta (como ya os contamos en la entrada de Malasia del 2013) para sacar ese veneno para el cuerpo humano que tan extendido está y que es el aceite de palma.

Las zonas de selva más pura, descubrimos, son las de unión de dos estados o comunidades, la zona fronteriza normalmente significa un buen montón de kms a través de ella, una de las veces, encontramos ¡¡ buscadores de oro!!  y por supuesto paramos a ver y enterarnos como, que y de que manera hacían. Resultó interesante pero….ojo,¡¡¡ un trabajo bien duro para unas pepitas tan chiquitas!!!.

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Sumatra ha sido el único país en todo este buen montón de años de kilómetros y de lugares en que nos hemos sentido como estrellas de Hollywood, el pasar por esta isla nos ha hecho entenderlos y apiadarnos de ellos, sentir lástima.

La extrema atención de los locales por el extranjero es algo excesivo , descomunal, desmedido, incluso abusivo. Además, y aquí viene el problema es que en los tiempos que corren todos tienen teléfono, todos los teléfonos cámara y todos quieren un selfie con nosotros. No una foto no, un selfie, han de estar ellos en la foto, sino no les vale, incluso, no la quieren, han de aparecer en una foto que la mayor parte de las veces es algo vacío, una foto sin una historia detrás: no hemos hablado, no hemos cruzado siquiera una mirada y pretenden hacer una foto en que aparezcamos agarrados como viejos amigos.

Esto ha ido sucediendo día tras día, de la mañana a la noche, decenas de veces, fue tal el acoso y nos hizo sentir tal agobio, que un día nos llegamos a plantear no pedalear Indonesia más y largarnos a Australia.

Decidimos una vez pasado el calentón, esperar a ver que encontrábamos en la siguiente isla, Java, y con eso decidir.

Al final atravesar situaciones que no te gustan y tener que soportarlas, sobrellevarlas si o si… enseña y enriquece. Quizá el sabor no es bueno pero es enriquecedor sin lugar a dudas al final es cambiar la forma en que uno lo lleva, en que se toma. Es encontrar la forma de digerirlo  y no permitirse el quedarse rumiándolo pues esto solo vale para hacerlo más grande de lo que es y que además te águe la fiesta.

Y como siempre, cambia, todo cambia y así fue que cambiaron también los encuentros.

Contactamos a través de warmshowers con…… un muchacho bien majete que nos hospedó en su casa y nos ayudó salir de un verdadero marrón:

Tras una zona muy, muy embarrada, el desviador del cambio de Aitor digamos de un modo sencillo y para simplificar la explicación que se arrancó, directamente, entero, así, fuera de una. Esto significa en el 99% de las ocasiones tener que montarse en un camión o algo que te lleve a la siguiente tienda de bicis (que a saber dónde se puede encontrar una) y rezar en el trayecto por que tengan algún cambio en condiciones que poder colocarle a la bici, pero Aitor volvió de nuevo a hacer de lo imposible posible y a crear solución en dónde no había aparentemente alguna.

Dejó el cambio fijo y aunque costó un par de retoques más en el invento creado con una tapa  de un bote de plástico que nos dio una tendera, funcionó perfectamente para pedalear  los 100 y pico kms que quedaban por delante hasta la siguiente tienda de bicis eso si ¡ojo!: la bici iba sin cambios y eso por estas tierras de repechos de aúpa pero, llegamos.

Así fue que debido a la avería contactamos con la comunidad ciclista Indonesa que está formada por muchos pequeños clubs, en Curup por ejemplo, nos vinieron a recibir unos 20 kms antes del pueblo y nos trataron como a reyes desde el minuto uno, recibiéndonos, llevándonos de ruta con ellos, ofreciéndonos una hospitalidad desbordante, sus sonrisas y su amistad la cual guardaremos como un tesoro para el resto de los días.

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Finalmente y debido a esta hospitalidad recibida que se volvió a repetir en un par de ocasiones más con otros clubes ciclistas, mirábamos atrás a la isla desde el ferry que nos conducía a Java agradecidos, emocionados, sabiendo que esos serían días, momentos que siempre que rememoráramos nos traerían una sonrisa y un tembleque en el corazoncito de agradecimiento, alegría y añoranza.

sumatraa (Terima Kasih significa Gracias en Indoneso).

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6 comentarios el “Indonesia, la tierra prometida.

  1. Parece mentira que, después de todo lo que habéis vivido, sigáis encontrando sitios y gentes muy diferentes, claro que quizás por lo mucho vivido percibis mejor lo diferente.
    Ahora en casa a descansar, si os dejan los muchos que querrán oír vuestras aventuras.
    Besos

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