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Hacia los himalayas

El entrar en India de nuevo nos trajo una alegría: electricidad.
El que terminaran los contínuos cortes eléctricos suponía y prometía apacibles noches bajo el ventilador, sabrosas horas estaban por venir, e incluso tendríamos un extra: acceso a beber frío en las horas más cálidas del día. Así fue.
Cruzamos hasta Rishikes (situado al pie de las primeras montañas que marcaban el comienzo del ascenso a los Himalayas) como dos fieras, apretando los cuádriceps y el culo, y haciendo cien al día de contínuo. De nuevo el pedalear por India solo nos provocaba ganas de salir de ella, de nuevo esa India de fuera de las burbujas turísticas con la que lidiar… se nos hacía más cuesta arriba que el mismísimo Everest.
Fue duro comenzar a subir de nuevo tras el mes y medio parados en Kathmandú. En el llano del Terai nepalí las piernas habían vuelto a recordar el rodar y rodar, pero ahora… ahora venía lo bueno: las cuestas eran largas y la media de kms diarios bajó mucho en los primeros días, hasta que poco a poco los músculos y la mente, se volvieron a hacer a la montaña. Montañas que … son otro mundo.

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Políticamente el mismo nombre: India, pero… realmente… otro país, otras gentes, cultura, religión, vestimenta, lenguaje, comida y lo mejor: otra forma de entender el mundo, la vida, de tratarse y… de tratar al viajero…. ¡¡¡ufff!!!… resoplábamos ascendiendo… nadie sabia nuestro secreto: era de alivio.
Decidimos cruzar las montañas por remotas carreteras que nos ayudaban a dejar a un lado el tráfico y el calor. El recorrido era más duro pero tranquilo, y resultó además, mucho más bello (es lo que tiene el arriesgarse, a veces sale rana pero otras… príncipe). Antes de comenzar el descenso al valle, un regalo: las cumbres nevadas. De nuevo vistas de los Himalayas aparecían en el horizonte, para ambos: la tierra prometida.

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Entramos finalmente en el Valle de Kinnaur tras un descenso de aúpa.
(Rescato del diario): “Los encuentros en la carretera se transforman y la gente se hace amable y sonriente, corteses y alegres te saludan al pasar, y yo, como mujer, me siento finalmente libre de ser sin tener que ocultarme, relajada cuando un hombre se acerca, pues me ve igual que a Aitor: persona primero, mujer después.”
¡¡Ufff!! mas resoplidos de alegría y mucha presión aligerada.

Las primeras banderas budistas de rezo anuncian el cambio de religión y son motivo de celebración y de alegría para nosotros: tocamos los timbres de las bicis, gritamos, reímos y celebramos el cambio y todo, todo, tooooodo lo que ello significa. Descubrimos que este valle es una zona en que ambas religiones se mezclan, Hinduísmo y Budísmo: los símbolos, las formas de rezo y los rituales tienen semillas mutuas y se covierten en un curioso re-mix.

Ascendíamos el valle siempre con el río “Satluj” allá abajo, el cual, siempre en sentido contrario a nuestro avanzar, descendía con una fuerza que a veces nos hacía parar a observarlo, algo digno de ver, abriéndose paso entre la roca, avanzando como en una lucha, arrollando, arrasando con todo a su paso. Fuerza.

Las gentes de Kinnaur nos recuerdan más a los nepalíes que a tibetanos o hindúes y es que, según nos cuentan, esta zona fué Nepal, al igual que Sikkim e igualmente India la tomó hace años.

mosaico gente
Avanzamos siempre con la constante del ascenso por una carretera que nos hace preguntarnos un par de cosas a cada momento:
“¿Cómo es posible que la hayan hecho aquí?” y algo más “¿saldremos vivos de ésta?”
No dábamos crédito a dónde y cómo, la carretera está hecha: un canal picado en una enorme pared vertical, en la que el riesgo de desprendimiento es altísimo. A cada poco encontramos agujeros hechos por las rocas caídas, y no había más alzar la vista, para ver las enormes rocas agrietadas esperando el momento de caer.
Cuestión de suerte, no más y… la tuvimos.

mosaico carretera
El Valle de Kinnaur ha sido como una puerta: de India a los Himalayas, de tierras verdes a las desérticas alturas que aparecen cuándo se asciende, como fuimos haciendo poco a poco, hasta más de 3000m de altitud. La puerta del Tibet que fue y que aún es aunque así no lo llamen. La puerta hacía los paisajes, lugares, rincones y gentes que más nos gustan a ambos. El mirar el mapa y ver todo lo que teníamos por delante, por venir, no provocaba más que entusiasmo, excitación y alegría.

Así entramos en el Valle de Spity, uno de los encuentros más interesantes y bellos de todo el viaje (si, de toooodo el viaje).           Éste se abría ante nosotros que nos sentíamos literalmente, como dos pequeñas pulguitas encaramadas en un inmenso mundo.

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Grandeza y paisajes de increíble amplitud y enormes distancias….un impresionante desierto en el que tan solo parece sonar el viento.
Inspiración en este Valle de Spity en que ya la altura no baja de los 3000m, los monasterios antiquísimos te transportan en el tiempo hasta llevarte a otras épocas.

En ellos dormimos, lugares de estudio de monjes, cuevas de meditación, bibliotecas con libros antiquísimos que por más de mil años fueron y siguen siendo recitados cada día.

El hecho de que algunos monjes, jóvenes normalmente, hablen algo de inglés es un regalo ,pues siempre es un placer sentarse junto a ellos; la alegría, la paz y una fresca sencillez caracteriza cada vez, esos encuentros y conversaciones, en las que normalmente te ofrecen una taza de té tradicional, con leche, mantequilla, y sal.

Spity. Inspiración.                                                                                                                                                                                                                       Este valle es uno de esos lugares que se recorre poco a poco, no hay quien haga muchos kms de seguido: avanzas cien metros y paras a sacar una foto, otros cien y otra parada para escribir algo. Otros cien y …. has de parar para poder poner todos tus sentidos, en ese paisaje que tienes de repente ante tus ojos, o en lo que apareció tras la curva, o bajo el acantilado, o la montaña que asomó, o la amplitud, la grandeza, la intensidad…. imposible continuar pedaleando como si nada. Admiración.

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La sincronicidad nos hizo un par de inolvidables regalos:
En el monasterio de Kye (4116m) coincidimos con una antropóloga hindú que estaba haciendo un estudio sobre la cultura tibetana de estas tierras.

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Nos contó, entre otras cosas que en esta época del año son las mujeres las que trabajan la tierra (en un año recolectan una cosecha de cebada y dos de guisantes) pues toca el quitar las malas hierbas, y así agachaditas, con sus pañuelos enrollados en la cabeza de tal forma que sólo se le ven los ojos (se protegen del fuerte sol de las alturas), las encontramos desde muy pronto en la mañana hasta que las últimas luces del día y algunas casi en las tinieblas, vuelven a casa cansadas del largo día. Son pocos meses los que el clima permite cultivar y como la cigarra del cuento, aquí todos han de trabajar duro para después tener provisiones durante el largo y frío invierno.
Los hombres en esta época se encargan de los animales y un dato curioso, es que preparan la comida y se la llevan a la mujer al campo, al medio día para que descanse un rato a comer. Son ellos también los que se ocupan de los niños y se ven cotidianamente imágenes inusuales en cualquier otra parte del mundo, como el hombre con los chiquillos a cuestas o lavando la ropa.
También nos contó que al día siguiente, en un pequeño pueblito cercano, se hacía un ritual tipo chamánico para pedir lluvia y abundancia para el año. Cambiamos los planes y fuimos…

mosaico ritual lluvia

fue algo único, inolvidable, de esas cosas reales que no están hechas para el turista sino que son y muestran lo mas puro y real de estas gentes.

Disfrutamos de nuevo y volviendo ya hacia el monasterio, comenzamos a preparar la cabeza y las piernas para la dura prueba que supone salir de este valle de Spity: cruzar el paso Kunzung La 4.550m y sin asfalto, lo cual iba a ser tan solo un adelanto de lo que nos esperaba en la siguiente aventura que tras el paso comenzaba: la mítica carretera Manalí-Leh que con pasos de muchos mas metros que 5000m nos llevaría a cruzar literalmente los Himalayas y abrirnos paso a ese reino de las alturas que con sólo nombrar nos llenaba el alma de alegría: Ladakh.

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5 comentarios el “Hacia los himalayas

  1. Que paisajes tan especiales, y la paz que transmiten es abrumadora! Es curioso lo de los amos de casa, lavando la ropa y cuidando de los niños. Tenemos tanto metido en la cabeza que son las mujeres las que hacen esos trabajos que algo así nos sorprende, y la verdad es que debería ser algo normal.
    Os imagino parando cada 100 metros y resistiéndoos a seguir dejando atrás alguna imagen cautivadora, aunque a la altitud que estáis parar de vez en cuando os vendrá bien.
    ¡¡ Buen camino hacia el reino de las alturas !! Disfrutar de cada valle que crucéis que no habrá valle escondido que se os resista.

  2. Muchas gracias por compartir aunque sea un poquitito de su historia de vida. En alguno de los post leí que al fin y al cabo somos todos lo mismo; “personas a las que la lluvia los moja y los mosquitos les molestan.. ..personas que quieren ser felices”. Eso es un mensaje valiosísimo, es la piedra angular que abre los ojos a la diferencia que hay entre ser y vivir. Muchas gracias nuevamente, lo seguiré leyendo.

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