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Namibia

Celebramos la entrada en Namibia pues después de seis meses en Sudáfrica, estábamos deseando llegar por cosas de libertades, de ellas, la libertad de poder acampar donde quisiéramos era la mas importante de todas, la que más echábamos en falta.
Tras cruzar el “Orange river” (rio naranja) que hace de frontera natural entre los dos países, parecía que habíamos cruzado la frontera a la Luna: paisajes volcánicos, enoooooormes y eternas planicies que
por montones de kms todo lo ocupan….. aquí, una se hace chiquita, el mundo grande.

Desde el momento en que cruzamos la frontera, desapareció el asfalto y por 900 kms es lo que hemos tenido: pistas de tierra, arena, piedras y bachecillos de esos que en forma de pequeñas ondas, le hacen a uno temblar hasta los pensamientos pero que nos han llevado a descubrir unos cuántos de los maravillosos y mágicos rincones de éste desértico país.
Las enormes y rojas dunas del oeste que forman el desierto más antiguo del planeta, los árboles petríficados, el cañón “fish river” (el segundo más grande del mundo), paisajes de impresionante belleza natural.

El poder acampar donde queríamos y no tener que andar buscando un lugar temprano, nos ha dado la posibilidad
de nuevo de pedalear hasta tarde, de no “tener que” y pasar al “sentir ganas de”, elegir el sitio y el momento. Tras parar y poner la tienda, otro lujo: el sacarse toda la ropa y abrir los brazos, dejando que el viento (que por éstas tierras es una constante) te pegue una “ducha de aire” secando los últimos sudores, refrescando el acalorado cuerpo, sin temor alguno a que nadie nos vea pues, en muchos kms no hay más que gordos y negros escarabajos, hormigas culonas, algunos escorpiones y los coyotes que nunca vemos pero que oímos aullar cada noche. También están los Elan y los Kudu que son dos únicos de estas tierras pero, a todos ellos no les importa lo mas mínimo que hagamos y menos la cantidad de ropa que llevamos puesta. Un verdadero placer creedme.

Y los cielos…..¡¡¡cielos!!! los atardeceres y amaneceres mas espectaculares que vimos en la vida, cada día, cada uno de los días los rojos , rosas, violetas, naranjas danzaban a nuestro alrededor jugando con las montañas y las nubes, dejándonos sin palabras, haciéndonos sentir que mereció la pena pasar por los difíciles momentos del mediodía, cuando el calor y el sol aprietan y una sombra es más preciada que ningún diamante. Encontrar árboles en el desierto es ardua tarea pero podemos decir que la suerte nos ha sonreido y siempre a esas horas, hemos tenido un cobijo donde resguardarnos del fuerte sol y calor. Horas, éstas en las que pedalear es un sinsentido y hemos dedicado el tiempo a veces, a simplemente, dejarlo
pasar.

Nos levantamos de madrugada, cuando aún no hay rastro de luz alguna en el firmamento, a esa última hora de la noche en que el fresquito casi llega a ser frío y, a oscuras, realizamos el ritual de cada día, deshaciendo lo echo la noche anterior, empacando nuestro hogar que se desvanece en la nada y desaparece sin dejar (a penas) rastros. Para cuando el sol se decide a dejarse ver, ya llevamos casi una hora pedaleando y disfrutando del fresquito, del momento, de esa mágia que solo la mañana tiene y continuamos hasta las horas más cálidas, cuando el sol ya hace daño y el calor se vuelve insoportable. Después a eso de las cuatro o las cinco, arrancamos de nuevo.

La tarde es mi preferida pues vamos a mejor, a cada momento va siendo más fresco, el sol está más bajo y los colores, las luces y sombras, parece que también la prefieren y desde que comienzan a aparecer hasta que, cansados de jugar y revolotear desaparecen, nos brindan de disfrute más de el doble de tiempo que las mañanas.
Verdaderamente lo estamos gozando de verdad, aun en las dificultades y las “escasedes” esca-sed de agua
y todo lo que eso conlleva, ni pueblos, ni gente, ni tiendas donde abastecernos de provisiones…nada. Lo único que de vez en cuándo aparecía era un pequeño hotel o camping (dónde aprovechábamos para cargar todo el agua posible) y por supuesto, los coches de los turistas: enormes 4×4 con tienda de campaña en el techo y todos los artefactos imaginables e imaginados para la acampada en el interior, los cuales andan por todos lados y pitan al pasar dejando atrás polvo y silencio de nuevo.
De uno de ellos bajaron Angelique y su compañero que pararon a nuestra altura cuándo comíamos algo al borde del camino y, tras charlar un rato, nos invitaron a su casa en Windhoek (la capital de Namibia). Fueron de esos que te invitan en serio y te dan la direccion, el mapa y todos
los telefonos para que no haya perdida. Así fué, que esta
profe de mates superdeportista que arrasa como un torbellino por donde vá, con su entusiasmo y vitalidad, nos abrió su casa y su familia de par en par sin límites de tiempo.

Tras sacar el visado angoleño con mucha suerte y la ayuda del consul español que ha resultado ser un tío la mar de majete, nos hemos despedimos de esta magnífica familia, de las frutas y verduras, del agua corriente, de la casa y las sombras y todos esos tesoros que tanto hemos disfrutado pero, ahí fuera sigue el mundo, la vida y la libertad, el cambio constante del avanzar y esas tierras maravillosas que aguardan por nosotros y… ¡¡ no queremos hacerlas esperar más !!.

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de ¡¡Plantate!! Publicado en Namibia

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